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domingo, 10 de enero de 2016

Stefanía



La decisión había sido tomada: iría en su búsqueda pues la vida sin ella ya no tenía sentido.
Con la sabiduría de un filósofo y la fiereza y convicción de un guerrero espartano se lanzó al agua.
Y cruzó los siete Mares, se internó en el océano, surcó el espacio cósmico, eludió estrellas muertas, descansó en aquella que estaban vivas, escaló eternas montañas, caminó descalzo por fértiles valles, por la nieve helada y la arena caliente.
Hasta que llegó a las Puertas del Averno. Y sin llamar entró.
Se abrió paso entre la muerte y los tormentos, el fuego y el hielo, la soledad y la nada.
Y siguió su camino hasta salir de allí y llegar a la playa sin Fin donde las Almas reposan.
Y allí estaba, con su larga cabellera negra, su piel de porcelana y su belleza, jugando con la espuma de las olas.
Stefanía, al verlo, lloró lágrimas de intenso dolor, su corazón se partió en miles de pedazos cual frágil cristal.
Su amado caballero estaba allí, muerto.


                                                               F       I       N