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jueves, 14 de abril de 2016

LA MASCARA



María contemplaba las cicatrices en su frágil cuerpo desnudo mientras lloraba las marcas que rajaban su alma.
El espejo roto y sucio le traía a la mente aquellos atroces momentos de llanto y horror.
Los recuerdos de las golpizas recibidas a manos de su esposo lograban hacerla temblar. Y no era por el frío gélido.  
Más recordar el día que dejó de hacerlo le sacó una sonrisa sombría, una tétrica mueca…

Aquel amanecer,  Arquímedes había llegado más ebrio que de costumbre y con una de las prostitutas del burdel del pueblo.
María, al verlo solo atinó a ocultarse por lo que se levantó de la cama nupcial y se escondió en el cuarto de baño.
El hombre con su puta del hombro entró al cuarto y en medio de un griterío inentendible hizo que aquella mujer se desnudara y lo aguardara en la cama mientras, zigzagueante, se dirigía al baño.
Al entrar, escuchó un leve sollozo detrás de la cortina de la bañera.  Se acercó, la corrió y vio a su mujer dentro de la tina.
Preso de ira y atiborrado de alcohol, el hombre tomó la silla y comenzó a golpearla con furia ciega hasta desmayarla.
Se despertó muy confundida y con dolores desgarradores. No sabía cuanto tiempo habia pasado.
Como pudo se levantó y comenzó a caminar.
Al pasar frente al espejo vio horrorizada las heridas cortantes en su cabeza, cuello y rostro que era ya una masa sanguinolenta.
Siguió su paso hacia el cuarto, extrañamente silencioso.
Allí encontró en su cama a aquella prostituta, desnuda y con una daga clavada en el pecho, el charco de sangre llegaba hasta la puerta.
Comenzó a gritar pero su debilidad era extrema y se desmayó otra vez.
Despertó en una cama de hospital.
Confundida y mareada quiso levantar su brazo derecho pero no pudo, en su muñeca tenía una esposa que se lo impedía.
Fue la enfermera la que se acercó y le dijo:
-¡Buen día María! Quédate tranquila por favor que ya estás fuera de peligro. Y quiero decirte que todos aquí te admiramos, lo que has hecho es de una valentía sin igual.-
Confundida, la mujer le preguntó:
-No recuerdo nada, por favor dime que hice.-
-¿En serio no lo recuerdas? ¿No recuerdas haber matado a esa maldita puta que estaba en tu cama? Eres valiente. – exclamó.
María la miró a los ojos y sintió que no le mentía.
Se quedó en silencio por algunos minutos hasta que le preguntó:
-¿Y mi esposo? ¿Dónde está él?-
-Ese infame…pues te diré; desapareció del pueblo, nadie más lo ha visto desde esa noche, te ha tomado miedo seguramente…- terminó diciendo la enfermera.
-Todos esperamos que el juez sea benevolente contigo, el pueblo te apoya.-
-Pero yo no maté a nadie, ¿Edith te llamas?-
-Sí, ese es mi nombre y aquí todos te apoyamos, pues, también ¿Cómo tuvo el coraje de acostarse en la cama de una mujer respetable como tú? Habrase visto.- terminó diciendo algo ofuscada.
-Pe…pero fue mi esposo el que la llevó y...yo no la maté.- dijo con voz quebrada.
-Bueno, bueno, ahora debes descansar, ya te di un relajante para que duermas.- dijo mientras le acomodaba la manta, le sonreía y salía de aquel  cuarto.
María habría entrado en pánico si no hubiera sido por la inyección que le administraron.
Al día siguiente se despertó con voces extrañas muy cercanas.
Perdida como estaba la sentaron, la higienizaron, la vistieron y la ayudaron a ponerse de pie.
Al llegar a la puerta, un agente lo colocó las esposas mientras los flashes de las cámaras estallaban en sus ojos, perturbando seriamente su visión.
Se sintió aliviada cuando subió al carro policial...

Se despertó en la cama de una fría y oscura celda.
Lloró durante tres días.
Al cuarto día se le acercó una reclusa de gesto severo, adusto que le comenzó a hablar.
-Niña, sé que quieres morirte pero eres joven.
En siete años saldrás pero si te portas bien en cinco estarás otra vez en la calle. A ver cuéntame la historia.-
La joven le contó lo ocurrido mientras bebía agua y comía su primer trozo de pan en días.
-¿Mi consejo? Debes vengarte de ese hijo de puta. Ha matado a esa pobre prostituta y ha arruinado tu vida. Haz bien las cosas aquí y prepárate para el día que lo tengas frente a ti.-
La joven pensó en lo que dijo y se dio cuenta que tenía razón, la venganza es lo único que la mantendría con vida.
Pasaron cuatro años y salió libre pues no había habido comportamiento más ejemplar que el de ella en aquella prisión.
Era otra mujer, una María muy distinta a la que entró al presidio.
Ahora era alguien seguro, decidida, valiente y con un solo objetivo entre ceja y ceja.
Tomó el primer tren con destino Venecia pues sabía que estaba allí.
Casado otra vez y con los mismos problemas de alcohol y violencia.
Su actual esposa, Sofía, se había contactado con ella para conocer la verdad sobre lo ocurrido. Al saberlo, conmovida terminaron ideando el plan para vengarse.
Al llegar se hospedó en un modesto hotel y aguardó hasta la noche. Asistiría a una fiesta de disfraces invitada por Sofía.
A las diez en punto salió a la calle con su esplendido traje y su clásica mascara.
Llegó, subió los diez escalones y entró al gran salón en medio de una gran multitud.
Buscó con la vista a Sofía y caminó hacia ella.  Le señaló donde estaba Arquímedes.
Poniendo en juego toda su capacidad de seducción comenzó a acercarse a él. Al llegar le dijo al oído con sensual voz.
-¿Buenas noches, te gusta?-
Le había tomado con fuerza el pene con la mano izquierda.
El hombre se excitó sobremanera y sin decir palabra buscó los senos que se ofrecían de forma generosa pues el escote era por demás amplio. Su aliento olía a alcohol.
Se acariciaron frente a todos, algo que no le importó a nadie.
-Vamos a un cuarto en el piso de arriba.- dijo él.
Ella lo siguió.
Al entrar, Arquímedes le pidió se sacara la máscara.
Ella no le hizo caso y comenzó a desvestirse hasta quedar desnuda con la cara sin revelar.
-Ahora desvístete tu y acuéstate en la cama que tengo una sorpresa.- dijo con voz envolvente, casi religiosa.
El hombre corrió a hacerlo mientras ella lo miraba con repulsión y odio.
Una vez listo, le pidió se dejara atar por las muñecas al respaldo de la cama.  Accedió.
Amarrado y desnudo estaba a merced de María.
-¿Estas listo? Preguntó ella.
Esta vez la voz le pareció conocida.
Se descubrió.
Al verla, intentó por todos los medios liberarse de sus ataduras. Más no pudo.
Ella, muy tranquila, sacó una daga de entre sus ropas, se la enseñó y la pasó por su pelvis.  El hombre dejó de moverse.
 -¿Solo dime porque?- preguntó María.
-Yo te amaba mujer, eras la única…- no terminó la frase ya que la mujer le clavó el cuchillo en el vientre.
Comenzó a sangrar profusamente y a maldecir a los cuatro vientos. Mas nadie podía escucharlo pues el sonido de la música era estridente.
-¿Por qué me pegabas?-  
-Ramera, puta, mal nacida, me heriste…me cortaste….- gritaba pero no terminó de hablar ya que  ahora le clavó la daga en su pie derecho.
En medio de gritos de dolor e insultos, ella volvió a preguntar:
-¿Por qué permitiste fuera presa por algo que tú hiciste?-
-Estaba borracho, no sabía lo que hacía…perdón…yegua inmunda, perra.- gritó entre sollozos.
Esta vez, la daga se metió en su sien.  Todo había terminado.
María se quedó mirándolo.  No sabía si ponerse feliz, triste, horrorizarse o arrepentirse.
No sentía nada en su corazón, estaba vacía. Ese engendro de ser humano le había arrebatado la  vida. Ya nada le importaba. Se acostó al lado del cadáver y aguardó a ser encontrada…
La sentencia fue reclusión perpetua.
Terminaría sus días sola en aquella celda con su espejo roto. 
No habló más. 

                                                                  F    I     N