Mario contemplaba a la lluvia caer desde
temprano desde la ventana.
Ver como estallaban los pequeños cristales
contra el pavimento de la calle solitaria, era un hechizo de nostalgia. Eran
cientos, miles, millones de gotas de agua cayendo sin dar tregua.
La soledad rugía en aquel cuarto. La luz
amarillenta y tenue que irradiaba la antigua lámpara que le había regalado la
abuela Nené y la música de Pink Floyd, vibrando melodiosa y suavemente en el
cuarto permitían que Mario pudiera personificar a la melancolía; una bellísima
mujer, de una blanca palidez, con antiguos ropajes y profundos ojos azules.
Tenía un nombre: María.
Una lágrima comenzó a rodar por su mejilla
mientras veía como la calle era poseída por una niebla, espesa, maciza, blanca.
Unos instantes después apareció ella. ¡Qué bella era su sonrisa! ¡Qué bella
era!...
Corrían los años setenta.
Se conocieron en una fiesta que había
organizado el quinto año de la escuela de ella para recaudar fondos para el
viaje de egresados.
Se miraron y se enamoraron, perdidamente
uno del otro. No podían estar separados un instante. Todos los días él la
esperaba a la salida de su colegio para luego perderse en las pequeñas
callecitas arboladas del barrio. Conversaban, reían, se besaban o tan solo se
miraban. Caminaban hasta la playa y allí en un espigón de madera, se quedaban
horas sentados, perdiendo la noción del tiempo y hasta del espacio. Nada había
alrededor de ellos.
Solo el mar y el cielo custodiando ese
amor supremo.
Cuando el sol caía, emprendían el camino
de regreso hacia la casa donde los esperaba la madre de María, siempre con algo
para comer o tomar.
Conversaban un rato con Helena, mujer
dulce y refinada, docente en la Facultad de Filosofía y Letras, para luego
quedarse solos en el cuarto, refugio para escuchar música y prodigarse amor
hasta que, entrada la noche, Mario se iba a su casa con las estrellas
iluminando su camino.
Allí nadie le preguntaba nada. Podía
llegar a las tres de la mañana, estar ausente días que nadie se preocuparía. Su
relación con los padres era difícil.
Pasó más de un año y la pareja estaba más
fuerte que nunca. Comenzaron a hablar de casamiento. El colegio secundario se
había terminado.
Mario quería estudiar Medicina, ella,
Ciencias Políticas, pero para ello debían radicarse en la Capital. Debían
juntar dinero por lo que ella comenzó a trabajar como modelo, él en un Banco
privado.
Pero la muerte estaba al acecho en la casa
de María. El fallecimiento de su padre complicó los planes, además de sumirla
en una profunda tristeza.
Pero al poco tiempo, la decisión de su
madre de regresar a su pueblo natal, la devastó. Y María sabía que no podía
dejarla sola, debía acompañarla.
La despedida de aquellos jóvenes no podía
ser más dramática. Se juraron amor eterno y se comprometieron a estar juntos en
dos años y no separarse nunca más.
María sintió morir cuando el tren partió
alejándolo de su amor. Lloró todo el viaje.
Mario corrió detrás del mismo hasta caer
de rodillas en el andén.
Los primeros días eran jirones de seres
humanos. Ella, en una ciudad de la cual se había alejado cuando tenía seis
años. Nada conocía ni recordaba.
El, en su ciudad, pero sin ella y donde
todo se la recordaba. Las calles, la playa, el viejo espigón de madera, el
perro abandonado que habían adoptado y que siempre los esperaba en la punta del
mismo moviendo frenético su rabo cuando los veía llegar.
Las cartas eran diarias, las llamadas
telefónicas eran semanales, los viajes estaban fuera del presupuesto que
manejaban. Se habían prometido no desviar el dinero ahorrado. Estaban muy
seguros de su amor, pensaban que el tiempo no haría mella en sus corazones.
Solo los alentaba pensar en el día en que se volvieran a reunir.
Pasaron los meses. La tristeza del
comienzo se transformó en resignación para luego dar paso, tímidamente, a un
intento de disfrutar el tiempo a sus veinte años.
Comenzaron las salidas de ambos con amigos
y amigas, nada formal.
Pero débil, un día María sucumbió ante los
embates insistentes y constantes del hijo de un diseñador famoso. Luego de
aquel desfile de modas, éste la invitó a celebrar. Primero fue charla, copas,
luego cena romántica para terminar la noche en el mejor hotel de la ciudad.
Cuando María regresó a su casa, comenzó a
llorar desconsoladamente. Su tristeza no tenía fondo. No se perdonaba haber
fallado, haber herido el corazón del amor de su vida. Se sentía una escoria,
una sucia, una ramera infame.
El brillo, el lujo con que la conquistó
momentáneamente su amigo, le hizo temblar toda su estructura mental pues jamás
le había interesado nada de eso. Pero esa noche se deslumbró con todo. Su dolor
se hizo intolerable y su culpa, infinita.
Estuvo una semana sin salir de su casa. No
quería ver a nadie. Tampoco hablar.
Mario la llamó repetidas veces, pero María
se hizo negar una y otra vez por una Helena encerrada en su dolor de hija.
La joven necesitaba tiempo para pensar y
saber qué hacer.
Pero el silencio de ella impactó duramente
a Mario al punto de enojarse.
Una noche Elba, llamó al joven para saber
si quería acompañarla a una fiesta en la casa de una amiga. En otro momento la
respuesta hubiera sido negativa. En otro momento.
Acordó pasarla a buscar a las once de la
noche por su casa. Antes de enamorarse de María, él había salido un tiempo con
ella, nada formal, tenían quince años.
Estaban disfrutando de una magnifica
noche; conversaban, bebían, se divertían para terminar besándose con pasión en
la soledad de una playa alejada con la luna de testigo. Hicieron el amor sobre
la arena. Cuando Mario la dejó en la puerta de la casa, Elba le preguntó que
había significado para él.
-No lo sé. En cuanto lo sepa te digo. -
respondió. Ella entendió y con un beso se despidieron.
Mario estaba realmente confundido. Elba le
gustaba, pero amaba a una María que no atendía sus llamadas. Habían pasado un
par de meses sin saber nada de ella.
Y con la libertad que da el escaso
conocimiento, imaginó e imaginó lo peor, que estaba saliendo con alguien más.
El enojo y la desesperación se apoderaron de él. Esa tarde, solo en la playa,
maldijo a los cuatro vientos, lloró e insultó hasta quedarse sin lágrimas y sin
voz. Y tomó la decisión.
Corriendo se dirigió a la casa de Elba. Ya
en la casa le pidió caminar pues tenía la respuesta a lo ocurrido la noche
anterior. Y fue allí que la besó con mucha ternura.
A partir de ese día Mario no intentó más,
comunicarse con María. Ella seguía sin saber qué hacer, estaba atrapada en su
propia telaraña. Y también pensó lo peor.
Y así pasó el tiempo. Ella que no se
animaba a decir la verdad y él seguía enojado mientras los sentimientos hacia
Elba crecían lento.
Al ver que Mario no la llamó más, se
angustió y se alegró sin lógica racional porque de esa forma no le debía dar
explicaciones sobre aquella fatídica noche de sexo.
Una amiga la ayudó a salir de ese
intrincado pozo en el que estaba inmersa. Conversaron horas.
-Tenés que viajar, verlo y decirle toda la
verdad. Te volverás loca si no lo hacés. Si lo entiende y te perdona, bien, y
si no…no tenía que ser. -
María se decidió. Al día siguiente sacaría
el pasaje en micro. Estaba muy nerviosa, pero sabía que era lo que tenía que
hacer. Estaba segura que Mario la perdonaría, que entendería.
Luego de un viaje de un día llegó a su
vieja ciudad y tomó un taxi.
Bajó del auto y caminó hasta la puerta con
el corazón que pugnaba por salir de su pecho. Tocó el timbre y se asomó a la
ventana que daba al living.
El dolor la atravesó como una lanza cuando
vio que Mario y Elba se estaban besando en el sillón donde tantas veces se
habían besado ellos. Salió corriendo llorando desconsolada. Cuando Mario abrió
la puerta y la vio, corrió tras ella. Cruzaron calles sin mirar, con la vista
nublada de lágrimas hasta que llegaron a la playa. Allí María se detuvo cuando
llegó al viejo espigón y se quedó inmóvil de espalda al mar.
- ¿Por qué?,- gritó ella. - ¿Fue todo
mentira lo que nos dijimos, vivimos, proyectamos? -
-Nos juramos amor eterno Mario, - gritó
con el alma.
El dolor hizo que el mar temblara y sus
fantasmas despertaran en forma de salvajes olas.
-Vos dejaste de atender mis llamados, vos
te alejaste, vos seguramente estás con otro. -
-Sí, sí, lo sé, lo hice una noche y me
odio desde ese día, me estoy volviendo loca, no como, no duermo, no vivo, no
puedo perdonarme. Por eso vine, para que vos me perdones porque sos mejor que
yo. Al menos eso creía. Veo que somos iguales.
- ¿Porque no me lo contaste María en lugar
de quedarte callada y alejarte?,- gritó rompiendo en llanto.
-Porque tenía vergüenza Mario, tenía
miedo, estaba asustada. -
El llanto desconsolado de ambos se mezcló
con la lluvia que comenzó a caer en esos momentos. Querían abrazarse, pero no
se animaban. Hasta que él corrió hacia ella, la abrazó muy fuerte y no la
soltó. Y se fundieron, fueron uno solo otra vez. Y el viento y la lluvia que
arreciaban no los tocaba, solo los acariciaba con la dulzura de una pluma.
Se miraron profundamente a los ojos,
sonrieron y caminaron hacia el borde del espigón. Era una forma de estar para
siempre juntos. Se prodigaron “Te amo” infinitas veces, se besaron, se
acariciaron los rostros y mirándose a los ojos se tiraron juntos al mar
embravecido mientras en el horizonte se dejaban ver remotas luces mientras el
aire se rompía en truenos.
A los tres días Mario despertó en el
hospital. Allí estaba Elba aguardando a que abriera los ojos.
-Hola, - le dijo muy dulcemente.
-Hola, ¿Qué…qué hago aquí? -
-Calmate por favor. Te encontraron unos
pescadores, desmayado sobre las rocas del viejo espigón con la cabeza rota. Te
golpeaste muy fu…- Mario la interrumpió desaforadamente.
- ¿María cómo está? -
-La encontraron dos días después. Lo
lamento tanto mi amor-
- ¡No y no y no, no puede ser, nos iríamos
juntos! Repitió una y otra vez en medio de una angustia desgarradora. Lloró
hasta que las lágrimas se secaron. Fue entonces que dejó de hablar con el
mundo. Ni sus padres, ni amigos, nadie pudo hacerlo hablar más.
A los siete días le dieron el alta. Lo que
salió del hospital era una sombra de Mario.
Poco antes de irse de la ciudad fue a
visitar la tumba donde estaba enterrada María. Allí le pidió, le rogó que cuando
su corazón no resistiera más lo vaya a buscar.
Pasaron treinta años. Cambió de ciudad
decenas de veces, también de trabajos, de aquí para allá, era un nómade.
Siempre con el dolor a cuestas, María y tan solo María. Nada ni nadie logró
conmoverlo. La soledad era su única compañera. Hasta que llegó a aquel pueblo
costero que le recordaba mucho a su ciudad natal y se quedó.
Consiguió trabajo. Una tarde de domingo,
contemplando el mar sentado en la arena vio pasar a dos adolescentes tomados de
la mano. Se podía percibir el amor que se profesaban y los recuerdos lo
atormentaron. Allí mismo, mirando al horizonte le pidió a María venga a por él
y se fue a su casa para esperarla.
Al entrar comenzó a llover con pasión y
locura…
Entrada la noche, la niebla se había
apoderado de la calle y Mario seguía mirando por la ventana, esperándola.
Y de pronto, la vio brillando entre las
sombras, caminando hacia a la puerta de su casa, sonriendo y con los brazos
extendidos. Mario sonrió por todos los años que no lo hizo y se preparó; miró
por última vez la lámpara de la abuela Nené, acomodó sus ropas y salió a la
calle.
Y fue bajo la lluvia otra vez, que se
miraron, sonrieron, se besaron y se abrazaron para ser solo uno otra vez en el
Universo.
Se tomaron de las manos y caminando por el
medio de la calle mojada y melancólica, desaparecieron bailando bajo el cálido
diluvio.
Richard
Año 2013 editado 16-5-20
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