domingo, 17 de marzo de 2019

FONTANARROSA

De mis preferidos...el Negro Fontanarrosa.


Frases celebres que quedaron de este personaje argentino inolvidable 


- Vago no soy, quizá algo tímido para el esjuerzo.
- Estoy comprometido con mi tierra, casado con sus problemas y divorciado de sus riquezas.
- ¿Y usted cómo se gana la vida?
- ¿Ganar? ¡De casualidá estoy sacando un empate!
- ¿No andará mal de la vista, don Inodoro?
- Puede ser. Hace como tres meses que no veo un peso.
- ¿Por qué esta agresión gratuita?
- ¡Si quiere se la cobro!
- El pingüino es monógamo.
- ¿Y por qué cree que le dicen Pájaro Bobo?
- Con la verdá no ofendo ni temo. Con la mentira zafo y sobrevivo, Mendieta.
- La historia lo juzgará. Pero tiene el mejor de los abogados: el olvido.
- Eso de "hasta que la muerte los separe" es una incitación al asesinato.
- Acepto que la Eulogia es fulera, pero es de las que demuestran la beyeza por el absurdo.
- Usté no está gorda, Eulogia. Es un bastión contra la anorexia apátrida.
- ¿Puede una persona disaparecer de a pedazos? Porque a la Eulogia le desapareció la cintura.
"Endijpué de tantos años, si tengo que elegir otra vez, la elijo a la Eulogia con los ojos cerrados. Porque si los abro elijo a otra".
- Dígame don Inodoro ¿usté está con la Eulogia por alguna promesa?
- Mendieta, uno se deslumbra con la mujer linda, se asombra con la inteligente... y se queda con la que le da pelota.

jueves, 14 de marzo de 2019

LAS MOIRAS



José despertó en medio de la noche sobresaltado y sudoroso.
Se sentó en el borde de la cama e intentó recordar vanamente el sueño que lo había perturbado.
Dado la hora y que necesitaba volver a dormir, comenzó a practicar algunas técnicas de relajación más los ruidos que hizo despertaron a su esposa que encendió la luz.
-Lo lamento querida, no era mi intención despertarte. - dijo él con voz culposa.
-No te aflijas, date vuelta y dormite- respondió ella.
A José le llamó la atención el tono de voz; no parecía fuera el de Victoria. Se acercó a ella y espantado comenzó a gritar pues se encontró con una mujer anciana y desconocida.
Salió corriendo del cuarto buscando la puerta de calle y en la carrera se dio cuenta que no estaba en su departamento, nada le resultaba conocido. Su miedo y su desconcierto crecían con cada paso que daba.
A pesar de ello detuvo su marcha y se adentró en lo que le pareció un cuarto de baño.
Encendió la luz, se vio en el espejo y el grito proferido provocó el ladrido de los perros vecinos.
Su respiración se aceleró al máximo. La imagen reflejada era de una persona de unos sesenta años aproximadamente, calvo, excedido de peso y de muy baja estatura. No era él.
Se miraba y gritaba, se volvía a mirar y gritaba nuevamente. La mujer anciana y un joven desgarbado lo observaban desde la puerta.
-Miguel, ¿Qué te ocurre por el amor de Dios? - le preguntó.
-Yo no soy Miguel y vos no sos Victoria. ¿Por favor, que está ocurriendo? -
-Por supuesto que no soy esa mujer, soy tu esposa Anabel, carajo-. gritó ofuscada y celosa.
- ¿Quién es? - preguntó señalando al joven.
-Ay, mi Dios, es tu hijo Damián. ¿Qué, no lo reconocés? -
-No y no y no, mujer. -
- ¿Qué me está pasando por favor? Quiero despertar de esta pesadilla, por la Virgen. -
Y comenzó a confirmarse en voz alta:
-Mi nombre es José, tengo cuarenta años, alto, delgado, con cabello, practico deportes y soy Gerente del Banco Mundial desde hace cinco años. Estoy casado con Victoria, treinta y dos años, cabello negro, muy bella y esbelta, psicóloga y tenemos una hermosa hija de siete años, Sofía. ¿Dónde está mi hija? - gritó angustiado. Y continuó.
-Vivimos en Ciudad Capital en un piso con vista al mar.-
Volvió a gritar cuando se miró en el espejo.
Su esposa intentó calmarlo: -Mi amor, no entiendo que te ocurre, creo que un sueño te ha confundido, asustado. Escuchame por favor. -
José se sentó en el inodoro.
-Tu nombre es Miguel, manejás grúas en la fábrica de cerámica del pueblo desde hace treinta años y en doce meses te jubilás.
Mi nombre es Anabel, tengo cincuenta y nueve años y atiendo el negocio familiar, el que nos dejaron tus padres, ¿Lo recordás?
Nos casamos hace veinte y siete años y fuimos bendecidos con este hermoso hijo, Damián, quien está estudiando para recibirse de veterinario.
Y no soy psicóloga ni tampoco bella y esbelta, es cierto, pero nunca te quejaste y siempre halagaste mis ojos y mis enormes tetas. -
José escuchó cada palabra y sintió que el piso se movía. No entendía, seguía confundido. Comenzó a recorrer la casa y las fotos con la imagen de ese Miguel poblaban la misma. Se sentó en el piso a llorar y dijo:
- Esto significa que aquella magnífica mujer, la posición acomodada, la bella niña, la vida de lujos...era un sueño. - Las lágrimas no se hicieron esperar.
Anabel lo ayudó a reincorporarse y lo llevó al cuarto para recostarlo en la cama. Le preparó un té, lo mimó un rato hasta que comenzó a relajarse y se quedó dormido.
Ella comenzó a rezar…

Muy lejos de allí, Miguel se despertaba sobresaltado, aunque no del todo pues ya había experimentado esto de despertarse siendo otra persona y comenzaba a acostumbrarse a estas nuevas sensaciones, aunque sin entenderlas.
Se sentó en el borde de la cama y no pudo resistir la tentación; espió bajo las sábanas y se encontró con una bellísima morena, desnuda y mucho más joven que su esposa real.
- ¡Muchas gracias! - susurró mirando al cielo y con el puño cerrado. -Esta vez me han sido bondadosos, no como la última vez que mi pareja era un hombre…y mi esposo. -
Dicho esto, se desnudó con la intención de despertar a su nueva mujer. Lo hizo con un beso en el hombro.
-Hola José-, dijo ella un tanto dormida, con una voz sensual y una lánguida sonrisa…

La carcajada de Cloto retumbó en el enorme cuarto. Luego de unos instantes continuó hilando en la rueca. La matrona que andaba por allí comenzó a acercarse a la doncella para conocer el motivo de su risa, aunque sabía el motivo.
Con voz grave le dijo:
-Sé que es divertido, también lo hice, pero debés tener cuidado niña, no se debe jugar a cambiar la vida de los seres humanos, a veces las consecuencias son nefastas. -
-No te preocupes, sé cuándo detenerme. - respondió la Moira más joven con una sonrisa.
-Con este último he jugado tres veces. Es increíble, tenés que verlo, ya no se asusta y disfruta cada nueva experiencia que le brindo. Miralo, haciéndole el amor a esa bella mujer, está casi tonto. -
La matrona lo observa y una sonrisa se le dibuja en el rostro.
De pronto se escuchan severos pasos en el cuarto. Es la anciana acercándose.
Saluda y pregunta - ¿Saben quién llamó? -
- ¡Oh, oh! - exclamaron ambas.
- ¿Y cuál fue el motivo mi querida? preguntaron al unísono.
-Recibió la oración de una esposa desesperada porque su marido decía ser otra persona, con otra vida y otra esposa y me preguntó si alguna de vosotras tenía que ver con esto. -
- ¿Vos sabés algo Cloto? -
-Tal vez. - dijo al mismo tiempo que una pícara sonrisa le iluminaba el rostro.
-Pues dejá de hacerlo, sé más responsable por favor, no podemos jugar con los humanos, después terminan locos o muertos. -  dijo alzando la voz y con gesto adusto.
-Pido perdón y prometo no volver a hacerlo. - respondió la niña.
El silencio se apoderó del ambiente volviéndose tenso, despiadado, frío, interminable.
Hasta que las tres damas, doncella, matrona y anciana, Las Moiras, eternas hilanderas del Destino, soltaron una enorme carcajada.

                                                            F  I  N

Publicado en la Segunda Edición impresa de Falsaria, España. Año 2013.
Editado 14-03-19

miércoles, 13 de marzo de 2019

LA BIBLIOTECARIA




Cecilia abrió los ojos de forma abrupta. Se dio cuenta inmediatamente que se había quedado dormida. Atrapó su reloj despertador con desesperación y con ojos desorbitados vio que debió despertarse media hora antes.
Saltó de la cama y corrió a la toilette donde apenas se lavó, se vistió con lo primero que encontró para luego salir a los tropezones y golpes del departamento.
No quiso esperar al ascensor y bajó los escalones de a dos por la oscura escalera.
Al llegar a la puerta del edificio se encontró con el portero quien la saludó con cordialidad, algo a lo que ella solo atinó a sonreír por una fracción de segundo.
Salió a la calle enajenada y corrió hasta la estación de subterráneos. Cuando vio que las rejas estaban aún bajas y una multitud protestaba contra el sorpresivo paro, tuvo ganas de llorar. 
Más no tenía tiempo para ello. Buscó un taxi sin tener éxito pues todos estaban ocupados. Era la hora en que la ciudad toda se ponía en marcha.
Corrió hasta la parada de autobuses y tomó uno. Debió colgarse de la puerta pues estaba atestado de pasajeros.
Ya dentro del mismo debió soportar las viles manos de pervertidos en su culo. Quiso gritar, pero no lo hizo. Comenzó a pisotear con sus tacones a quien la rozara.
Al llegar a su destino se bajó, revisó sus pertenencias y se dio cuenta que le habían robado el teléfono celular.
Llegó totalmente desencajada y abatida una hora y cuarto más tarde al Museo.
Pidió disculpas a su supervisora y fue hasta su escritorio.
Antes de desplomarse en el mismo se sirvió un café negro y lentamente fue vaciando el contenido de trece enormes cajas con libros provenientes de Escocia. Las habían enviado desde la Abadía de Iona.
La joven hojeó una a una las obras y comenzó a clasificarlas por estado y valor histórico.
Esta tarea le demandó todo el día. Ya de noche y agotada al extremo, decidió irse a su casa a pesar que le había quedado uno sin ver.
-No, basta, lo veré mañana-. dijo en voz alta.
Pero sintió una extraña atracción que la hizo tomar asiento otra vez, abrir el libro y comenzar a leerlo.
Las lágrimas comenzaron a surcar sus mejillas y no entendía muy bien porque sus sentimientos se desbordaban. Se sentía reflejada en la historia. Algo extraño ocurría. Decidió llevarlo a su casa.
Ya de noche salió a la calle.
Caminó hasta la panadería donde compró dos baguettes. Al llegar a la estación de subterráneos se encontró con que la huelga había sido levantada. Viajó plácidamente mirando por la ventanilla sin ver nada y pensando mucho.
Llegó y resopló aliviada. Al cerrar la puerta los zapatos volaron, su ropa cayó al piso y desnuda como estaba se sirvió un Baileys con hielo.
Fue al baño para llenar de agua la bañera; luego encendió sahumerios y a su equipo de sonido del cual brotaron las canciones de Evanescence, su banda favorita.
Cuando estuvo todo listo se sumergió en la tina y allí se quedó.
Luego de un rato de sensaciones placenteras, tomó el libro y continuó con la lectura.
Leía y la emoción la embargaba, sentía esa historia como propia. Abandonó el baño, fue hasta la cocina donde se preparó un café, comió algo de pan y continuó leyendo.
Al terminar fue hasta su cuarto. Estaba cansada por lo que dejó el libro en la mesa de noche, se tapó hasta la cabeza y apagó la luz.
Apenas cerró los ojos se durmió y el sueño no se hizo esperar; todo se sucedía a un ritmo vertiginoso; estaba en el campo, en una cabaña, aseando un establo...a lo lejos veía llegar a un Caballero con provisiones. El día, la noche, el cielo, el campo, los animales, las flores. De pronto estaba haciendo el amor con ese hombre, dulce, apasionado como nunca lo había hecho. El tiempo parecía más lento y los orgasmos eternos. El placer era infinito.
Despertó con los rayos anaranjados del sol que se colaban por las fisuras de las cortinas que colgaban de la ventana del cuarto y una sonrisa en su bello rostro.
-Fue un sueño entonces…el mejor que recuerde, por cierto. - dijo para sí con una mueca traviesa que iluminó su angelical cara.
Antes de levantarse besó el libro.
Luego lo guardó en su cartera para regresarlo a la Biblioteca y fue a darse una ducha antes de desayunar, vestirse e ir a su trabajo como todos los días. Era temprano.
                                               
                                             F   I   N


Richard
13-03-19

martes, 12 de marzo de 2019

Luciérnagas en la noche.


¿Qué le pasa al cielo esta noche?
Deja caer lágrimas en lugar de agua de lluvia.
Deja caer a las estrellas y estallar en los campos negros.
Deja caer luces de colores que llegan de infinitos mundos.

La luna no sonríe, inmóvil se halla.
Sus colores están muertos.
Está herida y su corazón clama piedad.
Más nadie la escucha.

Hay nubes negras que descargan rayos.
Hay nubes blancas que curan.
Hay nubes en los corazones
Hay nubes…

Las personas, por la calle miran hacia el cielo indiferente.
No les importa lo que cae.
No les importa la sangre que brota de su alma.
No le importa nada.

Solo caminan apuradas para llegar a ningún lado.
Sin mirar a la niña con su hermano y su madre tirados en la vereda,
sobre un colchón sucio y harapos por mantas.
Y tienen hambre y frío; y se dormirán con hambre y frío.

Solo caminan pensando en cómo los gobiernos estafan a su gente.
Y piensan en como estafar a su prójimo.
O en venganzas por nimiedades.
Que a veces llegan a la muerte.

La luna llora porque nos conoce.
Y sabe que no somos así.
Pero nos hemos convertido en la peor pesadilla,
En zombies, vampiros, lobos, asesinos.

Quizás podamos regresarle la sonrisa a la luna.
Quizás solo debamos recuperar la conciencia.
Recuperar el amor por el otro, por los libros y la música, el arte.
Y contemplar el mar en una apacible tarde.

Escuchar los sonidos de la tierra.
Regocijarnos con las luces de las luciérnagas en las noches de verano.
O tan solo mirar la luna brillando en el cielo.
Con la persona amada…

                                                F     I       N
Richard
12-03-19


domingo, 10 de marzo de 2019

SOMNIUM


                                 
Asomaban los primeros destellos del sol cuando el viejo cacharrero, vendedor de chatarras e ilusiones, ollas y sartenes, ungüentos y canastos, hacía su entrada al pueblo. Las explosiones del motor despertaron a todos y las viejas, al escucharlo, salieron corriendo a su encuentro con sus bolsas y el monedero de hule.
Ante tremendo alboroto, inusual para la tranquila vecindad, me levanté a mirar por la ventana. Intrigado, decidí vestirme y acercarme.
Llegué y me quedé inmóvil a pasos del camión. Cuando el anciano me vio, sonrió y dijo:
-Vení muchacho, acercate que tengo algo especial para vos, viene de lejanas tierras. -
Se metió adentro del vehículo y salió con un libro en sus manos.
Quedé boquiabierto al ver la tapa de cuero reluciente con la imagen de la  muchacha más bella que había visto en mi vida.
Lo tomé entre mis manos y leí el título; “Magdalena, un amor de otro mundo” escrito con pluma y perfecta letra gótica.
-¿Cuánto?- le pregunté sin dilaciones.
- ¿Cuánto tenés?- me respondió con una amplia sonrisa.
Saqué lo que tenía en mis bolsillos y se lo puse en la mano. No era mucho, solo unas pocas monedas producto de mi trabajo aseando establos y gallineros.
-Es tuyo, disfrutalo, es un libro muy antiguo y la leyenda cuenta que es mágico, era de un gran mago que aún vive, acaba de cumplir mil cien años. - afirmó.
Mientras un intenso escalofrío me corría por el cuerpo, el hombre me dio la espalda y se fue con las mujeres que estaban criticando y preguntando el precio de las ollas y vestidos floreados.
Lo abracé muy fuerte y salí corriendo hacia la pradera donde se encontraba el viejo ombú, mi refugio.
Al llegar acomodé mi osamenta y me dispuse a leerlo.
Más al abrirlo mi decepción fue mayúscula; las hojas estaban en blanco, inmaculadas, vacías. Lo recorrí todo y solo encontré una palabra escrita con letra pequeña en el margen inferior derecho: somnium.
-¿Qué querrá decir?- grité más nadie escuchó.
Bajé del árbol furioso y con la velocidad del rayo fui a buscar a aquel anciano estafador. Pero no llegué a tiempo, ya se había marchado.
Le pregunté a unas señoras si hacía mucho tiempo que se había ido el vendedor y recibí una respuesta por demás extraña: - ¿Qué decís? El viejo cacharrero llega recién mañana.-
Desconcertado y un poco asustado regresé a mi refugio para pensar. Me habían dicho que el vendedor no llegaba hasta el día siguiente pero el libro estaba en mis manos…yo estuve con él, hablé y hasta le pagué por un libro sin letras.
- ¿Acaso lo soñé? - grité
Lo miré una y otra vez, de un lado y del otro, en la luz y en la oscuridad. Nada.
Lo guardé en un rincón y fui caminando hasta el lago a pescar, pero ese no era mi día; no picó siquiera un sapo. Pasó la tarde y cuando el sol comenzaba a ocultarse, dejé la caña de pescar en el refugio y corrí hacia la casa. Al llegar escondí mi extraña adquisición entre los bártulos y bajé de prisa para la cena. Comimos los tres en silencio, como siempre y al terminar me levanté para encerrarme en el cuarto a escuchar música en mi diminuta radio portátil. Me dormí casi sin darme cuenta y un sueño me llevó a un campo atrapado en una espesa niebla. Cuando comenzó a disiparse, una bella silueta se dibujó; era un ángel, bella como ninguna, con sus largos cabellos negros meciéndose al compás del viento, mirando sin ver hacia el horizonte.
Quise acercarme y caminé hacia ella pues mi alma lo reclamaba y mi corazón galopaba de amor con la furia de mil caballos.
Pero caminaba, y en lugar de acercarme me alejaba.
Agotado, caí de rodillas al piso.
La miré y me miró; sus ojos eran dos ventanas que daban a un bello mar azul profundo y misterioso.
Me desperté enamorado, jamás había sentido algo así en mis trece años de vida.
Más no duró mucho mi embelesamiento pues al ver la hora debí correr para llegar en horario al colegio.
Apenas tomé un sorbo del tazón con café y leche que había preparado mi madre y dejado sobre la mesa.
Estaban cerrando las puertas de la escuela cuando llegué. La portera era mi amiga y me dejó pasar acariciándome la cabeza. -Niño, niño...siempre tarde.- me decía y sonreía.
Ese día el tedio fue abrumador, las casi cinco horas de matemáticas, lenguaje e historia se habían transformado en tortuosos siglos cumpliendo condenas infernales en hogueras ardiendo.
Escuchar los campanazos a las doce del mediodía fue casi emotivo.
Salí corriendo hacia la calle principal en busca del cacharrero.
Más al llegar no estaba, solo pude ver como su viejo autobús se alejaba por la avenida, dejando una estela de humo negro que se elevaba al cielo. El ruido a hierros y cacerolas golpeándose unas con otras era musicalmente armoniosa.
Me fui cabizbajo hacia mi casa donde el almuerzo me aguardaba.
Comimos en silencio, como siempre y al terminar me fui a caminar por el campo pues la tarde era espléndida. Esta vez me acompañó Tomás, un perro feo, maloliente y malhumorado como el que más, pero fiel y cariñoso como ninguno cuando estaba de buen humor.
Fue otra tarde feliz; los juegos con Tomás, la pesca de mojarritas y la contemplación serena del cielo azul recordando aquel bello rostro de mis sueños.
Emprendí el regreso a casa pues tenía tarea que hacer. Una vez terminada y aguardando al momento de la cena, fui a gozar de la límpida y cálida noche y el juego de luces que regalaban las luciérnagas.
Al terminar la silenciosa cena, me retiré de la mesa para dirigirme a mi cuarto.
Agotado y ansioso por soñar otra vez con ella, me dormí…

Otra vez estaba en el campo, pero sin niebla esta vez. Ahora, ella estaba a pasos de distancia, con su cabello al viento y una sonrisa hipnótica. Era bellísima.
Fui a su encuentro; mis piernas temblaban y mi cabeza casi estalla tratando de encontrar las palabras adecuadas.
-¡ Hoo…oo…ll…aaa! dije balbuceando.
-¡Hola Nicolás!- me respondió alegre y distendida.
- ¿Coo…como sabés mi nombre? - pregunté intrigado.
-Pues porque está en el libro.- me dijo.
-¿Qué libro?- volví a preguntar.
-En éste.-
Y de entre sus ropas sacó uno exactamente igual al mío con la diferencia que en la tapa decía: “Nicolás, un amor de otro mundo”.
-Ves, es éste, me lo regaló un viejo cacharrero que pasó por mi pueblo.- me dijo alegre.
-Yo también tengo uno igual al tuyo…vos sos Magdalena entonces. -
-Pues sí, soy ella.- dijo con una pícara sonrisa.
-A mí también un viejo me regaló un libro con tu nombre, pero adentro está en blanco, no hay nada escrito, solo una palabra: somnium, ¿sabés qué significa? - pregunté.
-Soñá Nicolás, significa; sueña. Es lo que debemos hacer pues en un sueño como es la vida solo debemos soñar para vivir.
Y esos sueños vos los convertirás en historias, épicas, románticas, misteriosas, de terror o aventuras. Debés escribirlas en ese libro.
Allí contarás tu vida, tus amores y desamores, tus alegrías y tristezas, tus fantasías y  realidades.
Sos el elegido para ser un faro encendido en la oscuridad. 
Escribí amor mío, escribí y no te detengas nunca más…

Me desperté distinto, me sentía feliz, había encontrado mi misión en la vida: ESCRIBIR.
Fue entonces que me levanté, fui hasta la mesa de tareas, me senté en mi pequeño banco de madera, tomé la pluma, abrí el libro que estaba en blanco y comencé a escribir sobre esas hojas blancas, inmaculadas. La sensación era suave, cálida. Los rayos de sol que entraban por la ventana querían quedarse entre las hojas quizás, para ser parte de una historia.
Mis tres primeras palabras escritas fueron: “Había una vez…”

Desde entonces no he dejado de escribir. Han pasado muchos años desde aquel día en que decidí ser escritor.
Mi primer cuento se llamó “Magdalena, un amor de otro mundo”.

                                                           F     I      N    

Richard
Año 2015, editado 10 de marzo 2019

                                      
   

viernes, 8 de marzo de 2019

Amado Nervo


UN DISPARO A LA MEDIANOCHE


El disparo estalló a medianoche cuando muchos dormían, otros se entregaban a los placeres carnales y los demás a sus batallas con los demonios del pasado, presente y futuro.
Gladys, la anciana más longeva que nunca dormía, se asomó a la ventana y miró hacia la casa de los Barrientos que parecía detenida en el tiempo. Construida en los años sesenta, las huellas del tiempo eran inexorables; paredes descascaradas y con grietas, tejas que faltaban, una puerta de madera seca y descolorida. Sabía que el estallido provenía de allí.
La vieja se quedó observando por un rato pues quería saber quién había muerto. Más de una vez escuchó gritos y amenazas entre ambos, Elsa y Lucho Barrientos.
Eran cuarentones y llevaban más de veinte años de casados. Con una hija muerta cuando tenía quince años por una patota que la violó hasta matarla y un hijo de veinte que estaba preso por robo calificado.
Elsa trabajaba en una fábrica del puerto como filetera y él era chofer de camiones.
Por el trabajo, Lucho podía llegar a ausentarse durante semanas, especialmente cuando debía manejar su camión hasta el sur del país para luego esperar carga hacia Buenos Aires y así poder regresar.
Elsa estaba sus ocho horas fileteando todo lo que caía en sus manos, para luego bañarse y bañarse y así aliviar el hedor a pescado que le quedaba en cada poro del cuerpo. Y a veces no podía.
Ninguno pudo estudiar pues provenían de las provincias pobres del Interior, escapando de la indigencia y el hambre.
Con el tiempo pudieron acceder a esa pequeña casa en aquel modesto barrio y se habían podido comprar un auto pequeño y antiguo, un Fiat 600 que aún funcionaba.
Fue entonces que Gladys escuchó pasos que se acercaban a su puerta.
Alguien tocó el timbre. La anciana, algo asustada se acercó a la ventana y miró a su visitante, que no era otra que Emilse, su comadre, que había salido a la calle con ropa de cama y pantuflas.
Se apuró a abrirle y pedirle que pase pues el frío era intenso.
Se dieron un beso y se sentaron en el viejo sillón de cuerina. Fue la comadre que habló.
- ¿Qué pasó Glady en la casa de los Barriento? -
-Pareció un tiro ¿No? - respondió la anciana.
-Para mí que la encontró con otro y la cagó matando. Ella es rapidita y él es bastante loco, cuando se emborracha es malo. -
- ¿Te parece? -
-Siii, a mí me lo dijo la Gertrudi…- en ese instante sonó nuevamente el timbre de la casa y era la recién nombrada.
Apenas entró comenzó a los gritos.
-La mató, le pegó un tiro porque la encontró con el carnicero, yo lo vi, se los juro. -
- ¿Qué viste? Preguntó Gladys.
-Cuando entraba el carnicero, José, por la puerta de atrás y al rato cuando llegó borracho el Lucho. -
Las tres comenzaron a persignarse y a mirarse entre ellas.
Fue Gertrudis la que llamó a la Policía para informar del asesinato.
Paloma Rodríguez, una agente joven y de poca experiencia la atendió.
Esta, sin chequear nada dio aviso a la única patrulla para que se acercaran a confirmar el homicidio.
Los dos viejos policías se dirigieron, no sin esfuerzo, hacia la casa de los Barrientos.
Pero antes visitaron la casa de Gladys, para que las tres les contaran lo que sabían.
Luego de un rato en que hablaron todas al mismo tiempo, Gertrudis contó cómo había visto a José entrar y luego la llegada de Lucho. Agregó que ella estaba esperando al carnicero desnuda.
Los policías, con muchas dudas cruzaron la calle y miraron por las ventanas. Estaba todo oscuro y no había indicios de que hubiera ocurrido algo fuera de lo normal.
El más gordo fue el que tocó el timbre.
Nadie salió y volvió a tocar.
Se encendió una luz desde adentro de la casa y fue la mujer semi desnuda que salió a atenderlos.
-Buenas noches señora, perdón por la hora, pero alguien del barrio dio aviso que escucharon un disparo y aparentemente fue desde aquí. - preguntó el policía más alto.
Ella sonrió y preguntó.
- ¿Entonces? -
-No sabemos, ¿está usted bien, su marido está? - preguntó el gordo.
-Lucho, te buscan. - gritó la mujer.
En pocos segundos estaba el hombre en slip azul, en la puerta de su casa frente a los policías.
¿Qué pasa? Preguntó.
-Nada señor, muchas gracias y disculpe la molestia, fue una falsa alarma.
Cerraron la puerta y se fueron a dormir mientras los policías, puteando a las tres viejas, se alejaron del lugar.
-Yo los vi. - gritaba Gertrudis a sus amigas que le dieron la espalda y le pedían que se vaya a dormir.
Era otro amanecer en el viejo pueblo.
Lentamente el ritmo cansino se apoderaba de todos los pueblerinos.
Solo la carnicería no abrió…
F I N
Richard
23-02-19

FANTASMAS


-Le pido por favor vuelva a chequearlo, es imposible que no exista nuestro hijo; se llama Pablo Hernández, tiene treinta años y su número de documento es el 30.124.598.- le dijo el hombre con tono grave, al policía que lo atendía.
-Señor, cálmese che. Hagamos algo, deme el documento de su hijo para…- pero Benjamín Hernández lo interrumpió otra vez.
- ¿Pero cuantas veces debo decirle que nuestro hijo desapareció y nada de él quedó?
Se llevó su ropa, libros, recuerdos, fotos, todo. No tenemos nada, nada en absoluto...como si no hubiera existido.
-Es un problema señor, le repito que en nuestros archivos no figura ningún Pablo Hernández con las características que proporciona y encima usted no presenta fotos, documentos, algo tangible…porque no tiene nada…ya me lo dijo...tome asiento y aguarde que debo consultarlo con mi jefe. - dijo con tono vacilante.
Benjamín se sentó con Liliana en un largo banco de madera antiguo, como todo en aquella Comisaría.
Mientras, el agente se dirigió a la oficina del Comisario Ruiz con la intención de plantearle el problema. Golpeó la puerta y aguardó hasta que escuchó el permiso para entrar.
Se saludaron con un apretón de manos, el agente tomó asiento y le contó el problema.
-Si, los vi cuando entré. A ver, a ver, dame los datos del muchacho. -
Galarza se los dio y este comenzó a buscar en su computadora.
-No, no aparece, che; lo busqué sin hache, con acento, con Ese final y nadie de treinta años se ajusta a lo que dicen estas personas. Y el número de documento que te dan pertenece a una mujer, Marcela Cardozo. Es raro.
Pero sigamos, busquemos a los padres, ¿Tenés sus números de documentos? -
-Escriba mi comisario inteligente. – le dijo con sorna y le brindó el número.
-No te hagas el puto y veamos: Benjamín Hernández, documento 10.987.159.-
Ante el resultado, el rostro del comisario se desfiguró. Casi balbuceando le pidió a su colaborador el nombre y el número de documento de la esposa.
-Liliana Esther Calori, 11.634.713.- le respondió un tanto preocupado mientras se subía los pantalones que le quedaban grandes.
El comisario ingresó los datos en el sistema y su cara se volvió blanca, se paró abruptamente tirando la silla al piso y retrocedió pegando su espalda contra la pared.
El agente asustado sacó su arma y apuntó mirando hacia todas partes mientras su comisario le pedía tranquilidad.
- ¡Calmate pelotudo y guardá esa pistola carajo! –
Enfundó su revolver y se persignó siete veces. Durante minutos nadie habló.
-Tiene que haber una explicación lógica a todo esto, no puede ser. - aseveró.
- ¿Qué no puede ser mi comisario? - preguntó Galarza hecho un manojo de nervios.
-Esto, escuchame atentamente. - le dijo mientras se calzaba los lentes.
-Benjamín Hernández y Liliana Calori murieron el treinta de mayo de dos mil ocho en un accidente automovilístico al chocar de frente con un camión que circulaba sin luces por el Acceso Oeste, iban a visitar a la hermana de la mujer que vivía en Junín.
Mirá la foto del archivo y decime si son ellos. -
Al verla el escalofrío que le corrió a Galarza por la espalda lo paralizó. Como si hubiera visto fantasmas.
Cuando pudo reaccionar, salió raudo hacia la Mesa de Entradas llevándose todo por delante.
Al llegar, miró y el banco de madera estaba vacío. Le preguntó a un compañero si había visto a la pareja. No recibió respuesta alguna.
Algo atontado regresó a la oficina de su superior y antes que dijera nada, éste otro gritó:
-Si ya sé que me vas a decir, no están ni nadie los vio. Prepará el auto que salimos en este preciso momento hacia Junín, vamos a hablar con la hermana de Liliana, Vilma Palacios. Quiero entender. -
Galarza rápidamente tomó las llaves de la unidad y salieron ambos a toda velocidad.
No cruzaron palabra alguna hasta que llegaron a la ciudad de Luján.
- ¿Usted qué cree mi jefe? - preguntó el Cabo.
-No quiero decir nada ya que cualquier cosa que diga sonará idiota; tengo una idea, pero tengo que hablar con esa mujer, es imprescindible hacerlo. -
Y continuaron el viaje en silencio.
Habían recorrido doscientos veinte kilómetros, faltaban poco más de treinta para llegar y fue que se detuvieron en una estación de combustible. Aprovecharon para estirar las piernas, utilizar el baño y comprar vituallas y cigarrillos.
Retornaron a la ruta a gran velocidad para continuar viaje.
Llegaron a la entrada de la ciudad y avanzaron hacia la zona céntrica.
Iban a marcha lenta cuando de pronto un perro cruzó intempestivamente la ruta debiendo Galarza frenar de urgencia. Al arrancar otra vez, debió frenar otra vez en forma brusca pues una pareja de adultos cruzó de forma irresponsable. Pudo haberlos matado.
Al momento se dio cuenta.
–Son ellos, son ellos, los Hernández. - gritó aterrorizado.
El comisario sintió un pinchazo en el pecho cuando escuchó esto y le dijo:
-Acelerá Galarza debemos llegar a la casa de la hermana antes que ellos. -
- ¿Por qué mi Comisario? -
-No lo sé carajo, se me ocurrió, no preguntés pelotudeces. - respondió Ruiz.
El agente acató la orden y salió a toda velocidad. Al llegar al centro, se detuvieron en una esquina y le preguntaron a una anciana por la calle Superí al mil doscientos.
-Ahí, si… ¿Van a lo de Vilma no? Yo voy a ir más tarde al velatorio. ¡Pobre! Vivió para ese hijo que no era suyo, pero lo amó como si lo fuera, en realidad era hijo de su hermanastra Liliana, quien con quince años quedó embarazada y sus padres no le permitieron criarlo por lo que se lo dejaron a ella.
El creció con el desamor de su madre y su padre desconocido. Con todo eso, muy bueno no podía salir; nunca le importó nada de nadie, era una porquería de hombre, bebedor, jugador, pendenciero, mujeriego y ladrón. Por eso lo mataron en un tiroteo dos policías cuando intentaba escapar.
No quiero ni pensar lo que debe estar sufriendo esa mujer, amaba a ese muchacho a pesar de todo.
Pero bueno, ustedes van al velatorio ¿no? pues sigan derecho por esta calle ocho cuadras, luego doblen a la derecha y a unos treinta metros está la casa de Vilma, lo están velando a cajón abierto. Cuando la vean díganle que Etelvina, yo, le daré mi pésame después de la siesta y que no se preocupe que lloraré bastante. No se pueden perder, hasta luego, señores. - Ambos hombres se miraron desconcertados y sorprendidos por la verborragia de aquella anciana.
-Me estoy volviendo loco, jefe. - dijo.
-No te preocupes, yo también. – le respondió.
Siguieron las instrucciones de la vieja y llegaron en escasos minutos a la casa con frente blanco: la puerta estaba abierta, había una corona en una de las ventanas, algunas personas vestidas totalmente de negro que entraban y salían, otras llorando, alguno que otro riendo, varios comiendo con las dos manos y los demás en silencio con gesto adusto.
Nadie se alarmó al ver un auto de la Policía estacionando allí pues estaban acostumbrados.
Bajaron del mismo y traspusieron la puerta de entrada. Todos los miraron por un instante para luego seguir con lo que estaban haciendo.
Se acercaron y le preguntaron a una mujer de unos cuarenta años, muy linda y con unas tetas enormes si podían hablar cinco minutos con la señora Vilma, aclarándole que el tema no era policíaco, sino personal.
Esta asintió y los condujo lentamente hacia un cuarto que se encontraba vacío, solo ella y su dolor.
-Permiso Vilma, estos policías quieren hablar con vos. - dijo con voz triste.
-Gracias Marcela. -
Fue Galarza el que rápidamente recordó y asoció no sin antes darse vuelta para mirar cómo se veía la mujer de atrás.
-Buenas tardes señora y la acompaño en sentimiento, pero quiero preguntarle si la señora que nos trajo se llama Marcela Cardozo. -
-Gracias señor, pues si, así se llama. ¿La conoció? - respondió.
El cabo miró a su jefe que le guiñó el ojo en señal de aprobación.
Y fue Vilma la que comenzó diciendo:
-Señores, se imaginan que hoy no estoy en condiciones de hablar. -
-Lo sabemos señora, pero necesitamos entender pues algo nos ha ocurrido y no sabemos por qué. Pensamos que usted tiene la respuesta. - dijo Ruiz.
Y le contó lo sucedido; la señora escuchaba atentamente hasta que de pronto comenzó a reír a carcajadas ante la incrédula mirada de aquellos policías.
- ¿Puedo preguntarle qué es lo gracioso señora? - la increpó el comisario visiblemente molesto.
-Perdón, perdón, sé que no tienen la culpa y alguien debería arreglar estos desajustes que se producen. - respondió.
- ¿De qué está hablando señora? - preguntó Galarza.
-No recuerdan nada evidentemente. Pues bien, no soy quien se los debe explicar, pero lo haré de todos modos. - dijo mientras buscaba algo en una mesa; era un periódico.
Lo tomó y se lo alcanzó al Comisario.
-Señores, fueron dos los policías que atraparon a mi hijo cuando intentaba escapar del negocio al que había entrado para robar. Se armó una balacera y el muchacho cayó muerto, acribillado. -
Ambos se miraron sin entender de qué estaba hablando aquella mujer.
- ¿Qué dice? - dijo Galarza visiblemente alterado y aflojándose el nudo de la corbata.
-Déjenme continuar por favor. - rogó Vilma.
-En la balacera también murieron los dos policías victimas de sendos disparos que hizo el nene.
Lamentablemente, el muchacho había perdido el rumbo hacía tiempo, es más creo que nunca lo tuvo.
Señor, le pido abra el periódico que le di en la página de Policiales y lea por favor. -
El comisario hizo lo que le pidió la mujer y una vez que ubicó la noticia comenzó a leerla en voz alta:
- “En la noche de ayer, nuestra ciudad fue víctima de un hecho por demás violento. Un robo en la relojería de la calle Triunvirato al mil quinientos, terminó en tragedia al morir el malviviente y dos policías en medio de un feroz tiroteo. Las víctimas fueron el Subcomisario Luis Ruiz y el Cabo Primero Artemio Galarza mientras que el malhechor era nuestro viejo conocido y malhechor Pablo Hernández.”-
Se desplomaron sobre los sillones. No llegaban a entenderlo.
- ¿Qué, estamos muertos? - preguntó Galarza.
- ¿Qué duda cabe pelotudo? respondió con otra pregunta Ruiz.
El silencio fue atroz.
- ¿Puedo hacerle algunas preguntas Vilma? - Esta asintió con la cabeza.
- ¿Los padres del muchacho…? -
-Están viniendo hacia acá para acompañarlo, deben cumplir con el protocolo, son los padres biológicos. –
- ¿Y Pablo? - preguntó Ruiz.
La mujer solo lo miró.
-Ahh…y usted está…-
-Muerta, si, la noche que mataron a Pablo me suicidé, me ahorqué. ¿Ven estas marcas? - dijo mostrando su cuello.
-Hay algo que todavía no lo sé… ¿a quién están velando en estos momentos? - preguntó Ruiz.
-Ay sí, me olvidé de decirles que Marcela es mi hija, se suicidó después de mi muerte. -
-¿La tetona? Perdón, ¡que pena! ¿Y dónde estamos si se puede saber? – preguntó Galarza.
-En la Tierra tal como la conocíamos no, es otro lugar que no he podido recorrer aún, si quieren lo podemos hacer juntos. -
-Será un placer, ¿Nos acompañás Galarza? – preguntó el Comisario con tono resignado.
-Solo no me quedo. - dijo y se unió al pequeño grupo.
-Mirá que viene Marcela, la tetona también. - dijo una Vilma sonriente.
A Galarza se le iluminaron los ojos mientras se ajustaba el nudo de la corbata y se levantaba por enésima vez los pantalones.
- ¿Vilma? Ahora que recuerdo una anciana de nombre Etelvina vendrá a visitarte en la tarde. – le contó Ruiz.
-Vamos rápido entonces, esa vieja que tendría ciento veinticinco años, es una chusma de porquería y esta ciudad ya me tiene harta. - respondió.
-Nos vamos entonces. -
Fue entonces que se tomaron los cuatro del brazo y comenzaron a caminar por la calle principal del pueblo con dirección al norte donde un sol muy brillante los aguardaba. Se perdieron en la luz.
F I N
Richard
Año 2014, editado 8-3-19

miércoles, 6 de marzo de 2019

CAIN






La mansión de la colina se había vestido de gala aquella noche; la clase dominante de la ciudad se congregaba allí. Sus anfitriones, madame Claire y Monsieur Charles cursaron las invitaciones sin revelar el motivo de aquella reunión. Era un misterio.
Durante semanas, hombres y mujeres trabajaron día y noche en el evento. Solo la perfección cabía.  
Claire era descendiente de la realeza británica. A sus sesenta años, la belleza y vitalidad la habían abandonado, no así la soberbia y la crueldad.
Siempre fue un parásito, no tenía logros personales, no había hecho nunca nada por sí misma, ni lavarse la cara u otras partes pues tenía sirvientes para ello.
Mantenía relaciones sexuales con quien se le antojara. Luego los despedía. Con la servidumbre femenina llegaba hasta el castigo físico y ocasionalmente mantenía relaciones con alguna jovencita que llamaba su atención.
Su estado dominante era el aburrimiento.
Se casó con Charles como indicaba el protocolo. El, también descendiente de la realeza, tenía sesenta y tres años y además de su vitalidad, había perdido un ojo, estaba casi sordo y se ayudaba con un bastón para caminar, producto de un atentado contra su vida.
Era una persona cruel y desalmada. Dueño de ferrocarriles, fundó y clausuró ramales a su antojo. No le interesaban las consecuencias.
Habían engendrado dos hijos, Guillermina y Donato.
Al llegar ambos a la mayoría de edad, los jóvenes abandonaron la mansión y jamás regresaron. Odiaban a sus padres. El corazón frío y la forma de manejarse con sus semejantes les resultaba intolerable…

A las siete llegó el primer coche con la condesa Natacha y su esposo, el Conde William III.
A partir de allí el desfile fue incesante: personajes de la realeza, magnates, millonarios, músicos de fama, actores y actrices y algún miembro de la Iglesia, hacían su arribo entre luces brillantes, lujo y esplendor.
Un ejército de sirvientes atendía con esmero a cada invitado.
La orquesta interpretaba de forma magistral los clásicos; las Cuatro Estaciones, Danubio azul, El lago de los Cisnes, el Bolero de Ravel y otros.
A las diez de la noche, Claire y Charles bajaron lentamente por las escaleras y comenzaron a saludar a los invitados, uno por uno y les pidieron reunirse en el gran Salón.
Luego de agradecerles la asistencia anunciaron una sorpresa para la medianoche.
A continuación, bellas camareras repartieron habanos cubanos y coñac caliente entre los hombres, champagne francés y trufas de chocolate negro a las mujeres.
A las once y cincuenta minutos, el tañido de una campana estalló en el ambiente.
Inmediatamente las luces se apagaron y se encendieron las antorchas ubicadas estratégicamente para crear una atmosfera ancestral, arcaica. Una bruma violeta comenzó a brotar del piso. Las sombras que se proyectaban eran fantasmagóricas, irreales. Todos se sintieron en el umbral de una región encantada, donde un raro y antiguo suceso se manifestaría.
Se escuchó entonces la voz de Charles que decía:
-Damas y caballeros: de la lejana Antártida, han venido dos amigos para entregarnos un regalo muy especial. Recibámoslos como ellos se merecen. -
Se encendieron las luces y dos personas con túnicas violetas y capuchas comenzaron a bajar por las escaleras.
Los aplausos y los murmullos no se hicieron esperar.
Ya en el centro del Gran Salón, se quedaron inmóviles y con el rostro oculto.
-Estimados, estamos emocionados con Claire dada la trascendencia del momento pues esta noche recibiremos el regalo más preciado para el hombre: la Inmortalidad. -
Algunos sonrieron, unos pocos aplaudieron. Otros se miraron sin decir palabra.
Fue entonces que Charles les pidió a los encapuchados descubrirse ante la concurrencia.
Así lo hicieron; una mujer regordeta, rubia que rondaría los treinta años y un hombre mayor con un rostro aterrador se revelaron.
Tenían la mirada perdida, miraban sin ver.
-Tenemos el honor de presentar a Adolf y Eva. -
El murmullo fue intenso.
-Es una broma de muy mal gusto Charles. - dijeron varios.
- ¿Qué significa esto? - reclamaron otros.
-Calma por favor; si me lo permiten les explicaré; hace un tiempo, al ver que nuestra vida entraba en el ocaso, decidimos contactarnos con el S.S.S. o Sociedad Secreta de Sacerdotes de la cual mi padre es miembro e hicimos un trato con sus autoridades. - narró.
- ¿Pe…pero como dices que tu padre es miembro? Si él viviera tendría cien años. -  gritó uno de entre la concurrencia.
-Para vuestra información mi padre vive en un Monasterio oculto y se encuentra muy bien. En algunos años será el responsable del inicio de la tercera Guerra Mundial. - aclaró.
-No es posible. - gritaron al unísono.
-Si lo es y ocurrirá en cincuenta años, América del sur será el protagonista.
Continúo. Adolf y Eva pertenecen al S.S.S., son miembros fundadores y descendientes directos del Primer vampiro, el primer asesino de la historia: Caín.
El trato fue ofrendar vuestra vida a cambio de la Inmortalidad a manos del mismísimo Original, que está llegando de un momento a otro.

Con mí amada esposa queremos darles las gracias a todos, no olvidaremos vuestro sacrificio.
Sirvientes; afuera están aguardando cientos de invitados por demás especiales, permítanles el ingreso y cierren todas las puertas pues nadie debe escapar. - ordenó.
Luego, miró a su esposa para decirle:
-Subamos a nuestro cuarto Claire y aguardemos allí hasta que Él llegue. -
-Es una buena idea querido. - respondió.
Lentamente comenzaron a subir las escaleras, no tenían prisa alguna ya que pocos más minutos y vivirían para siempre.
Mientras, a sus espaldas, el pandemónium de gritos de horror y rugidos terroríficos, indicaban a las claras que el festín de los vampiros, con sus líderes a la cabeza, Adolf y Eva había comenzado.


                                                     F    I     N

Richard
Año 2014 y editado 6-3-19