viernes, 8 de marzo de 2019

FANTASMAS


-Le pido por favor vuelva a chequearlo, es imposible que no exista nuestro hijo; se llama Pablo Hernández, tiene treinta años y su número de documento es el 30.124.598.- le dijo el hombre con tono grave, al policía que lo atendía.
-Señor, cálmese che. Hagamos algo, deme el documento de su hijo para…- pero Benjamín Hernández lo interrumpió otra vez.
- ¿Pero cuantas veces debo decirle que nuestro hijo desapareció y nada de él quedó?
Se llevó su ropa, libros, recuerdos, fotos, todo. No tenemos nada, nada en absoluto...como si no hubiera existido.
-Es un problema señor, le repito que en nuestros archivos no figura ningún Pablo Hernández con las características que proporciona y encima usted no presenta fotos, documentos, algo tangible…porque no tiene nada…ya me lo dijo...tome asiento y aguarde que debo consultarlo con mi jefe. - dijo con tono vacilante.
Benjamín se sentó con Liliana en un largo banco de madera antiguo, como todo en aquella Comisaría.
Mientras, el agente se dirigió a la oficina del Comisario Ruiz con la intención de plantearle el problema. Golpeó la puerta y aguardó hasta que escuchó el permiso para entrar.
Se saludaron con un apretón de manos, el agente tomó asiento y le contó el problema.
-Si, los vi cuando entré. A ver, a ver, dame los datos del muchacho. -
Galarza se los dio y este comenzó a buscar en su computadora.
-No, no aparece, che; lo busqué sin hache, con acento, con Ese final y nadie de treinta años se ajusta a lo que dicen estas personas. Y el número de documento que te dan pertenece a una mujer, Marcela Cardozo. Es raro.
Pero sigamos, busquemos a los padres, ¿Tenés sus números de documentos? -
-Escriba mi comisario inteligente. – le dijo con sorna y le brindó el número.
-No te hagas el puto y veamos: Benjamín Hernández, documento 10.987.159.-
Ante el resultado, el rostro del comisario se desfiguró. Casi balbuceando le pidió a su colaborador el nombre y el número de documento de la esposa.
-Liliana Esther Calori, 11.634.713.- le respondió un tanto preocupado mientras se subía los pantalones que le quedaban grandes.
El comisario ingresó los datos en el sistema y su cara se volvió blanca, se paró abruptamente tirando la silla al piso y retrocedió pegando su espalda contra la pared.
El agente asustado sacó su arma y apuntó mirando hacia todas partes mientras su comisario le pedía tranquilidad.
- ¡Calmate pelotudo y guardá esa pistola carajo! –
Enfundó su revolver y se persignó siete veces. Durante minutos nadie habló.
-Tiene que haber una explicación lógica a todo esto, no puede ser. - aseveró.
- ¿Qué no puede ser mi comisario? - preguntó Galarza hecho un manojo de nervios.
-Esto, escuchame atentamente. - le dijo mientras se calzaba los lentes.
-Benjamín Hernández y Liliana Calori murieron el treinta de mayo de dos mil ocho en un accidente automovilístico al chocar de frente con un camión que circulaba sin luces por el Acceso Oeste, iban a visitar a la hermana de la mujer que vivía en Junín.
Mirá la foto del archivo y decime si son ellos. -
Al verla el escalofrío que le corrió a Galarza por la espalda lo paralizó. Como si hubiera visto fantasmas.
Cuando pudo reaccionar, salió raudo hacia la Mesa de Entradas llevándose todo por delante.
Al llegar, miró y el banco de madera estaba vacío. Le preguntó a un compañero si había visto a la pareja. No recibió respuesta alguna.
Algo atontado regresó a la oficina de su superior y antes que dijera nada, éste otro gritó:
-Si ya sé que me vas a decir, no están ni nadie los vio. Prepará el auto que salimos en este preciso momento hacia Junín, vamos a hablar con la hermana de Liliana, Vilma Palacios. Quiero entender. -
Galarza rápidamente tomó las llaves de la unidad y salieron ambos a toda velocidad.
No cruzaron palabra alguna hasta que llegaron a la ciudad de Luján.
- ¿Usted qué cree mi jefe? - preguntó el Cabo.
-No quiero decir nada ya que cualquier cosa que diga sonará idiota; tengo una idea, pero tengo que hablar con esa mujer, es imprescindible hacerlo. -
Y continuaron el viaje en silencio.
Habían recorrido doscientos veinte kilómetros, faltaban poco más de treinta para llegar y fue que se detuvieron en una estación de combustible. Aprovecharon para estirar las piernas, utilizar el baño y comprar vituallas y cigarrillos.
Retornaron a la ruta a gran velocidad para continuar viaje.
Llegaron a la entrada de la ciudad y avanzaron hacia la zona céntrica.
Iban a marcha lenta cuando de pronto un perro cruzó intempestivamente la ruta debiendo Galarza frenar de urgencia. Al arrancar otra vez, debió frenar otra vez en forma brusca pues una pareja de adultos cruzó de forma irresponsable. Pudo haberlos matado.
Al momento se dio cuenta.
–Son ellos, son ellos, los Hernández. - gritó aterrorizado.
El comisario sintió un pinchazo en el pecho cuando escuchó esto y le dijo:
-Acelerá Galarza debemos llegar a la casa de la hermana antes que ellos. -
- ¿Por qué mi Comisario? -
-No lo sé carajo, se me ocurrió, no preguntés pelotudeces. - respondió Ruiz.
El agente acató la orden y salió a toda velocidad. Al llegar al centro, se detuvieron en una esquina y le preguntaron a una anciana por la calle Superí al mil doscientos.
-Ahí, si… ¿Van a lo de Vilma no? Yo voy a ir más tarde al velatorio. ¡Pobre! Vivió para ese hijo que no era suyo, pero lo amó como si lo fuera, en realidad era hijo de su hermanastra Liliana, quien con quince años quedó embarazada y sus padres no le permitieron criarlo por lo que se lo dejaron a ella.
El creció con el desamor de su madre y su padre desconocido. Con todo eso, muy bueno no podía salir; nunca le importó nada de nadie, era una porquería de hombre, bebedor, jugador, pendenciero, mujeriego y ladrón. Por eso lo mataron en un tiroteo dos policías cuando intentaba escapar.
No quiero ni pensar lo que debe estar sufriendo esa mujer, amaba a ese muchacho a pesar de todo.
Pero bueno, ustedes van al velatorio ¿no? pues sigan derecho por esta calle ocho cuadras, luego doblen a la derecha y a unos treinta metros está la casa de Vilma, lo están velando a cajón abierto. Cuando la vean díganle que Etelvina, yo, le daré mi pésame después de la siesta y que no se preocupe que lloraré bastante. No se pueden perder, hasta luego, señores. - Ambos hombres se miraron desconcertados y sorprendidos por la verborragia de aquella anciana.
-Me estoy volviendo loco, jefe. - dijo.
-No te preocupes, yo también. – le respondió.
Siguieron las instrucciones de la vieja y llegaron en escasos minutos a la casa con frente blanco: la puerta estaba abierta, había una corona en una de las ventanas, algunas personas vestidas totalmente de negro que entraban y salían, otras llorando, alguno que otro riendo, varios comiendo con las dos manos y los demás en silencio con gesto adusto.
Nadie se alarmó al ver un auto de la Policía estacionando allí pues estaban acostumbrados.
Bajaron del mismo y traspusieron la puerta de entrada. Todos los miraron por un instante para luego seguir con lo que estaban haciendo.
Se acercaron y le preguntaron a una mujer de unos cuarenta años, muy linda y con unas tetas enormes si podían hablar cinco minutos con la señora Vilma, aclarándole que el tema no era policíaco, sino personal.
Esta asintió y los condujo lentamente hacia un cuarto que se encontraba vacío, solo ella y su dolor.
-Permiso Vilma, estos policías quieren hablar con vos. - dijo con voz triste.
-Gracias Marcela. -
Fue Galarza el que rápidamente recordó y asoció no sin antes darse vuelta para mirar cómo se veía la mujer de atrás.
-Buenas tardes señora y la acompaño en sentimiento, pero quiero preguntarle si la señora que nos trajo se llama Marcela Cardozo. -
-Gracias señor, pues si, así se llama. ¿La conoció? - respondió.
El cabo miró a su jefe que le guiñó el ojo en señal de aprobación.
Y fue Vilma la que comenzó diciendo:
-Señores, se imaginan que hoy no estoy en condiciones de hablar. -
-Lo sabemos señora, pero necesitamos entender pues algo nos ha ocurrido y no sabemos por qué. Pensamos que usted tiene la respuesta. - dijo Ruiz.
Y le contó lo sucedido; la señora escuchaba atentamente hasta que de pronto comenzó a reír a carcajadas ante la incrédula mirada de aquellos policías.
- ¿Puedo preguntarle qué es lo gracioso señora? - la increpó el comisario visiblemente molesto.
-Perdón, perdón, sé que no tienen la culpa y alguien debería arreglar estos desajustes que se producen. - respondió.
- ¿De qué está hablando señora? - preguntó Galarza.
-No recuerdan nada evidentemente. Pues bien, no soy quien se los debe explicar, pero lo haré de todos modos. - dijo mientras buscaba algo en una mesa; era un periódico.
Lo tomó y se lo alcanzó al Comisario.
-Señores, fueron dos los policías que atraparon a mi hijo cuando intentaba escapar del negocio al que había entrado para robar. Se armó una balacera y el muchacho cayó muerto, acribillado. -
Ambos se miraron sin entender de qué estaba hablando aquella mujer.
- ¿Qué dice? - dijo Galarza visiblemente alterado y aflojándose el nudo de la corbata.
-Déjenme continuar por favor. - rogó Vilma.
-En la balacera también murieron los dos policías victimas de sendos disparos que hizo el nene.
Lamentablemente, el muchacho había perdido el rumbo hacía tiempo, es más creo que nunca lo tuvo.
Señor, le pido abra el periódico que le di en la página de Policiales y lea por favor. -
El comisario hizo lo que le pidió la mujer y una vez que ubicó la noticia comenzó a leerla en voz alta:
- “En la noche de ayer, nuestra ciudad fue víctima de un hecho por demás violento. Un robo en la relojería de la calle Triunvirato al mil quinientos, terminó en tragedia al morir el malviviente y dos policías en medio de un feroz tiroteo. Las víctimas fueron el Subcomisario Luis Ruiz y el Cabo Primero Artemio Galarza mientras que el malhechor era nuestro viejo conocido y malhechor Pablo Hernández.”-
Se desplomaron sobre los sillones. No llegaban a entenderlo.
- ¿Qué, estamos muertos? - preguntó Galarza.
- ¿Qué duda cabe pelotudo? respondió con otra pregunta Ruiz.
El silencio fue atroz.
- ¿Puedo hacerle algunas preguntas Vilma? - Esta asintió con la cabeza.
- ¿Los padres del muchacho…? -
-Están viniendo hacia acá para acompañarlo, deben cumplir con el protocolo, son los padres biológicos. –
- ¿Y Pablo? - preguntó Ruiz.
La mujer solo lo miró.
-Ahh…y usted está…-
-Muerta, si, la noche que mataron a Pablo me suicidé, me ahorqué. ¿Ven estas marcas? - dijo mostrando su cuello.
-Hay algo que todavía no lo sé… ¿a quién están velando en estos momentos? - preguntó Ruiz.
-Ay sí, me olvidé de decirles que Marcela es mi hija, se suicidó después de mi muerte. -
-¿La tetona? Perdón, ¡que pena! ¿Y dónde estamos si se puede saber? – preguntó Galarza.
-En la Tierra tal como la conocíamos no, es otro lugar que no he podido recorrer aún, si quieren lo podemos hacer juntos. -
-Será un placer, ¿Nos acompañás Galarza? – preguntó el Comisario con tono resignado.
-Solo no me quedo. - dijo y se unió al pequeño grupo.
-Mirá que viene Marcela, la tetona también. - dijo una Vilma sonriente.
A Galarza se le iluminaron los ojos mientras se ajustaba el nudo de la corbata y se levantaba por enésima vez los pantalones.
- ¿Vilma? Ahora que recuerdo una anciana de nombre Etelvina vendrá a visitarte en la tarde. – le contó Ruiz.
-Vamos rápido entonces, esa vieja que tendría ciento veinticinco años, es una chusma de porquería y esta ciudad ya me tiene harta. - respondió.
-Nos vamos entonces. -
Fue entonces que se tomaron los cuatro del brazo y comenzaron a caminar por la calle principal del pueblo con dirección al norte donde un sol muy brillante los aguardaba. Se perdieron en la luz.
F I N
Richard
Año 2014, editado 8-3-19

miércoles, 6 de marzo de 2019

CAIN






La mansión de la colina se había vestido de gala aquella noche; la clase dominante de la ciudad se congregaba allí. Sus anfitriones, madame Claire y Monsieur Charles cursaron las invitaciones sin revelar el motivo de aquella reunión. Era un misterio.
Durante semanas, hombres y mujeres trabajaron día y noche en el evento. Solo la perfección cabía.  
Claire era descendiente de la realeza británica. A sus sesenta años, la belleza y vitalidad la habían abandonado, no así la soberbia y la crueldad.
Siempre fue un parásito, no tenía logros personales, no había hecho nunca nada por sí misma, ni lavarse la cara u otras partes pues tenía sirvientes para ello.
Mantenía relaciones sexuales con quien se le antojara. Luego los despedía. Con la servidumbre femenina llegaba hasta el castigo físico y ocasionalmente mantenía relaciones con alguna jovencita que llamaba su atención.
Su estado dominante era el aburrimiento.
Se casó con Charles como indicaba el protocolo. El, también descendiente de la realeza, tenía sesenta y tres años y además de su vitalidad, había perdido un ojo, estaba casi sordo y se ayudaba con un bastón para caminar, producto de un atentado contra su vida.
Era una persona cruel y desalmada. Dueño de ferrocarriles, fundó y clausuró ramales a su antojo. No le interesaban las consecuencias.
Habían engendrado dos hijos, Guillermina y Donato.
Al llegar ambos a la mayoría de edad, los jóvenes abandonaron la mansión y jamás regresaron. Odiaban a sus padres. El corazón frío y la forma de manejarse con sus semejantes les resultaba intolerable…

A las siete llegó el primer coche con la condesa Natacha y su esposo, el Conde William III.
A partir de allí el desfile fue incesante: personajes de la realeza, magnates, millonarios, músicos de fama, actores y actrices y algún miembro de la Iglesia, hacían su arribo entre luces brillantes, lujo y esplendor.
Un ejército de sirvientes atendía con esmero a cada invitado.
La orquesta interpretaba de forma magistral los clásicos; las Cuatro Estaciones, Danubio azul, El lago de los Cisnes, el Bolero de Ravel y otros.
A las diez de la noche, Claire y Charles bajaron lentamente por las escaleras y comenzaron a saludar a los invitados, uno por uno y les pidieron reunirse en el gran Salón.
Luego de agradecerles la asistencia anunciaron una sorpresa para la medianoche.
A continuación, bellas camareras repartieron habanos cubanos y coñac caliente entre los hombres, champagne francés y trufas de chocolate negro a las mujeres.
A las once y cincuenta minutos, el tañido de una campana estalló en el ambiente.
Inmediatamente las luces se apagaron y se encendieron las antorchas ubicadas estratégicamente para crear una atmosfera ancestral, arcaica. Una bruma violeta comenzó a brotar del piso. Las sombras que se proyectaban eran fantasmagóricas, irreales. Todos se sintieron en el umbral de una región encantada, donde un raro y antiguo suceso se manifestaría.
Se escuchó entonces la voz de Charles que decía:
-Damas y caballeros: de la lejana Antártida, han venido dos amigos para entregarnos un regalo muy especial. Recibámoslos como ellos se merecen. -
Se encendieron las luces y dos personas con túnicas violetas y capuchas comenzaron a bajar por las escaleras.
Los aplausos y los murmullos no se hicieron esperar.
Ya en el centro del Gran Salón, se quedaron inmóviles y con el rostro oculto.
-Estimados, estamos emocionados con Claire dada la trascendencia del momento pues esta noche recibiremos el regalo más preciado para el hombre: la Inmortalidad. -
Algunos sonrieron, unos pocos aplaudieron. Otros se miraron sin decir palabra.
Fue entonces que Charles les pidió a los encapuchados descubrirse ante la concurrencia.
Así lo hicieron; una mujer regordeta, rubia que rondaría los treinta años y un hombre mayor con un rostro aterrador se revelaron.
Tenían la mirada perdida, miraban sin ver.
-Tenemos el honor de presentar a Adolf y Eva. -
El murmullo fue intenso.
-Es una broma de muy mal gusto Charles. - dijeron varios.
- ¿Qué significa esto? - reclamaron otros.
-Calma por favor; si me lo permiten les explicaré; hace un tiempo, al ver que nuestra vida entraba en el ocaso, decidimos contactarnos con el S.S.S. o Sociedad Secreta de Sacerdotes de la cual mi padre es miembro e hicimos un trato con sus autoridades. - narró.
- ¿Pe…pero como dices que tu padre es miembro? Si él viviera tendría cien años. -  gritó uno de entre la concurrencia.
-Para vuestra información mi padre vive en un Monasterio oculto y se encuentra muy bien. En algunos años será el responsable del inicio de la tercera Guerra Mundial. - aclaró.
-No es posible. - gritaron al unísono.
-Si lo es y ocurrirá en cincuenta años, América del sur será el protagonista.
Continúo. Adolf y Eva pertenecen al S.S.S., son miembros fundadores y descendientes directos del Primer vampiro, el primer asesino de la historia: Caín.
El trato fue ofrendar vuestra vida a cambio de la Inmortalidad a manos del mismísimo Original, que está llegando de un momento a otro.

Con mí amada esposa queremos darles las gracias a todos, no olvidaremos vuestro sacrificio.
Sirvientes; afuera están aguardando cientos de invitados por demás especiales, permítanles el ingreso y cierren todas las puertas pues nadie debe escapar. - ordenó.
Luego, miró a su esposa para decirle:
-Subamos a nuestro cuarto Claire y aguardemos allí hasta que Él llegue. -
-Es una buena idea querido. - respondió.
Lentamente comenzaron a subir las escaleras, no tenían prisa alguna ya que pocos más minutos y vivirían para siempre.
Mientras, a sus espaldas, el pandemónium de gritos de horror y rugidos terroríficos, indicaban a las claras que el festín de los vampiros, con sus líderes a la cabeza, Adolf y Eva había comenzado.


                                                     F    I     N

Richard
Año 2014 y editado 6-3-19









lunes, 4 de marzo de 2019

MADRE



Renata había tenido una mala noche, las pesadillas y los ruidos extraños no la dejaron dormir. Por momentos los sonidos de pasos dentro del pequeño departamento eran aterradores.
Se levantó a las siete de la mañana como todos los días y se dio un buen baño con la intención de despertarse pues estaba por demás somnolienta y cansada.
Al terminar, se envolvió con el toallón y fue a la cocina para encender el fuego de la hornalla y así calentar el agua de la pava y prepararse un enorme tazón de café.
Mientras se calentaba, abrió la heladera, sacó su dulce de higos, dos rodajas de pan y los puso sobre la pequeña mesa, también dejó una banana que sacó de la frutera.
Más sentía que no era una mañana más, estaba inquieta, sentía que la observaban de algún lado.
No hizo caso, se sentó en la silla y comenzó a untar uno de los panes con el dulce. El aroma a café comenzaba a inundar el sitio.
Estaba sumida en sus pensamientos cuando de pronto, un fuerte estallido la asustó sobremanera e hizo que se cortara el dedo con el cuchillo que estaba utilizando.
Miró hacia todas partes buscando el origen del sonido, pero todo estaba en orden y soledad.
Maldiciendo su suerte, abrió la canilla del agua fría y lavó la sangre que brotaba de aquel corte.
Con hojas de papel envolvió su dedo índice y se sirvió el café recién hecho.
Se sentó otra vez para terminar su desayuno.
El silencio en el departamento era abrumador, solo se escuchaban los latidos de su corazón.
Comenzó a beber su infusión mirando hacia la nada. El reloj marcaba las siete con treinta y dos minutos.
De pronto un dolor agudo le atravesó el estómago y se desmayó.
Despertó muy confundida y adolorida. Como pudo vio que se encontraba en un hospital y era de noche, no había nadie con ella.
Intentó levantarse, pero no pudo hacerlo dado el dolor en su vientre y el suero que tenía conectado a su brazo izquierdo.
Buscó algún timbre para llamar a la enfermera. Al accionarlo un agudo chirrido invadió el cuarto.
Aguardó unos minutos hasta que apareció una figura descomunal, una enfermera que pesaría doscientos kilogramos aproximadamente.
Sin saludar siquiera, la preguntó el motivo del llamado.
-Por favor, me gustaría saber cómo llegue aquí y que me hicieron pues no recuerdo nada. - dijo Renata.
La mujer, desagradable por demás, la miró y con cierto desgano le dijo:
-Cuando venga la Doctora le informará. - Y se fue.
Más confundida que antes, no obstante, decidió dormir y aguardar el día.
Despertó a las pocas horas con una serena luz entrando por la ventana a través de las cortinas.
Sus dolores eran intensos por lo que llamó otra vez a la enfermera.
Esta vez, apareció por la puerta del cuarto una mujer tan delgada que no podía creer se mantuviera en pie.
-Muy buen día señorita Renata, espero haya dormido bien. Dígame en que puedo ayudarla. - le dijo.
Asombrada por la cordialidad le preguntó por la Doctora.
La enfermera le respondió:
-Señorita Renata, todo a su debido tiempo. - Dicho esto se dio media vuelta y se fue.
Los miedos recorrieron su espalda. No sabía dónde estaba, porque estaba allí, como había llegado y que le habían hecho. Y para colmo no tenía con quien hablar. No podía imaginar siquiera, donde se encontraba su celular.
Juntando coraje, volvió a accionar el timbre, pero nadie acudió.
Cansada y atemorizada intentó calmarse y dormir.
Al hacerlo cayó en un sueño profundo. En él, se encontraba en su casa, en su cama, haciendo el amor de forma salvaje con un desconocido.
Su éxtasis era imposible de describir. Tampoco de su partenaire que definitivamente no era su novio.
Podía sentir en el sueño cada orgasmo y su mundo vibró cuando aquel hombre inundó su vientre de estrellas. No podía recordar otra vez que sintiera tanto.
De pronto y sin interrupciones, estaba en un auto fúnebre que corría a toda velocidad por una ruta vacía y oscura. No podía moverse.
En un momento se detuvo y escuchó el ruido de puertas abriéndose y los pasos de personas con prisa que la subían a ella en una camilla.
-Ya comenzó el trabajo de parto. - escuchó decirle a alguien mientras la llevaban casi corriendo hacia algún lugar.
Pudo sentir como la preparaban para dar a luz y escuchar una voz de hombre que decía:
-Si no puede tenerlo de forma natural, córtenla. -
Esto la despertó de su aterrador sueño, recordando todo.
También cuando la llevaron a aquel cuarto sombrío de hospital, la acostaron y la dejaron sola.
Volvió a tocar el timbre de forma insistente. La descomunal enfermera se paró en la puerta y le dijo con ronca voz:
-Cálmese que en pocos minutos vendrá la doctora y le traerá a su hijo. -
Lejos de calmarse, se horrorizó con la noticia.
¿Hijo? ¿Cuándo, de quién? Si hasta hace pocos días era una mujer sin compromisos serios, una empleada de Tribunales, con Jorge, su novio de la adolescencia, viviendo sola en un departamento de un ambiente y medio.
¿Hijo? ¿Cómo pudo ocurrir?
Dejó las cavilaciones de lado cuando escuchó pasos.
Y allí estaba, una doctora muy bella y sofisticada, tanto que parecía estrella de Hollywood.
Con voz muy envolvente y una sonrisa esplendida se presentó.
-Hola Renata, soy Camila, la doctora que ayer trajo a tu hijo al mundo. Aquí lo tienes. -
Fue entonces que ella se corrió del lugar en que se encontraba pues detrás estaba el niño.
De pie, de unos siete años, cabello negro, vestido con camisa blanca, corbata negra, zapatos y pantalón también negros.
Madre e hijo se miraron largamente, casi una eternidad.
Hasta que Renata se dio cuenta que los ojos del niño estaban vacíos de humanidad.
Como pudo, se levantó de la cama y se tiró al asfalto por la ventana que estaba abierta.
                                                            
                                                           F    I    N

Richard
4 de marzo de 2019





martes, 17 de mayo de 2016

EXTRAÑOS EN LA NOCHE





Santiago salió a caminar pues se sentía abrumado, quería estar solo, o tal vez no.  Llovía.
Fue un pensamiento el que logró quitarle el sueño: el tiempo que transcurría inexorable y la felicidad que no asomaba a su vida.
Dueño de un corazón endurecido no se resignaba sin embargo a no sentir otra vez amor; este hombre de cincuenta y tantos años, soñaba con aquella mujer que despertaba a su lado, y conversaban, reían, lloraban, leían, hacían el amor, escuchaban música, miraban películas o una obra de teatro, viajaban por el mundo o tan solo caminaban por la playa, tomados de la mano, en silencio mientras sus almas definían sus destinos.
Y esa noche algo sucedería, estaba escrito en el cielo…

Mora salió a la calle, agobiada por la estrechez del departamento que habitaba en forma provisoria. Era una joven de treinta y tantos años, cuya meta era ser feliz y amada.
Su vida transcurría serena, con su familia en la gran casona del campo, sus perros y sus plantas. 
Pero una mala noticia aquella mañana, hizo trastabillar la armonía de aquel mundo.
Sintió que alguien se olvidó de ella.
Y cuando la soledad la estaba hundiendo en el más horroroso de los infiernos, fue su amor a la vida la que la empujó hacia afuera, mientras la lluvia comenzaba su danza.
Y sintió  el viento meciendo su larga cabellera negra, las gotas de agua recorriendo su cuerpo, los sonidos de los autos, las voces anónimas, los gritos y las sirenas, la música estridente saliendo de los locales nocturnos.
Y comenzó a bailar y correr y correr sin detenerse, riendo, llorando; y corrió y corrió con los brazos abiertos, como queriendo tomar todo. 
Más la loca carrera se interrumpió al chocarse con alguien que se cruzó en el camino.
Al abrir los ojos, se encontró con la mirada más dulce, la que soñó desde que era una niña sensible y solitaria, soledad que gestó su maravillosa vida interior y su imaginación prodigiosa.
Y él vio en esos ojos marrones al amor que tanto ansiaba, su mirada lo llevó  a los confines del Universo, donde se guardan todos los secretos. 
Las letras brotaban como manantial de su corazón pues quería regalarle allí mismo, los poemas más hermosos que un hombre podía escribirle a una mujer.
Y así se quedaron, sonriendo, mirándose sin hablar, reconociéndose.
-Hola, me llamo Santiago.- dijo él luego del largo silencio.
-Hola, soy Mora.- respondió ella mientras se soltaba de los brazos de aquel extraño que la sostenía.
-Quiero pedirte disculpas por interrumpir tu paso pero es que estabas a punto de cruzar la calle y me pareció que tus ojos estaban cerrados.- dijo el hombre con una sonrisa franca.
-Gracias.- dijo mientras intentaba acomodar su ropa completamente mojada.
-Estás empapada mujer, déjame invitarte con una taza de café.
A dos cuadras hay un bar muy cálido, conozco a la dueña, te permitirá secarte y te dará ropa seca.-
Ella lo miró otra vez pues no estaba segura de aceptar el convite de un extraño.
-Quédate tranquila, es solo café y charlar, no soy de hacer esto tampoco pero tus ojos, tu mirada me ha conmovido. Tienes algo especial y no me preguntes que es. Además siento que necesitas ayuda y si me lo permites, quiero hacerlo.
Acabamos de entrar en nuestras vidas, tú en la mía y yo en la tuya.- dijo.
La joven, impactada por aquellas palabras dijo:
-¿Es hacia allá, no? Se llama “Bahía”. Lo conozco.
Sonrieron y comenzaron a caminar juntos hacia el lugar.
Una vez allí, Cecilia, la dueña le permitió entrar al toilette de su oficina para secarse y le ofreció ropa.
Mora salió luego de un rato, seca y con vestido corto que le dejaban ver unas esplendidas piernas.
Se sentaron cerca de una de las chimeneas.
-¿Estás bien Mora? Pedí dos cafés, ¿irlandeses está bien?-
La muchacha respondió asombrada:
¿Cómo sabías que…?  Y se calló. Su corazón comenzó a latir aceleradamente.
La mirada de ella le inundaba el corazón de amor, la mirada de él la seducía de una forma casi mágica.
El mozo dejó los jarros sobre la mesa mientras la música, suave y tenue lograba el ambiente ideal para que todo fuera realidad esa noche.
Y conversaron por horas, rieron, se emocionaron, compartieron amaneceres y atardeceres, anécdotas y recuerdos, música y poesía, lugares.
Los primeros rayos del sol comenzaron a asomar y aquellos destellos dorados iluminaron sus felices rostros.
Y fue sin querer que rozaran sus manos, pues el Universo había decidido participar de aquella unión.
En ese instante el mundo se detuvo para ellos.
Sin hablar se pusieron de pie y el abrazo que se regalaron fundió sus cuerpos, se transformaron en Uno.
El beso estalló en sus angeladas almas, mientras los sonidos del Cielo estremecían sus cuerpos.
Y los mundos de Mora y Santiago se poblaron de cielos diáfanos, noches estrelladas, mares azules y blancas arenas, arenas que invitaban a sus cuerpos desnudos a bailar con el mágico sonido de la eternidad.
Aquellos dos extraños se enamoraron para siempre...


Ambos abrieron los ojos al mismo tiempo.
Santiago se sentó en la cama y sintió que ella había ocupado todos los espacios de su vida, los vacíos habían desaparecido, la dureza de su corazón había cedido, su alma sonreía otra vez.
Reconoció la felicidad que anhelaba en ella, esa chica, la del sueño.
Ella en el cuarto de aquella clínica, sintió que el amor profesado por aquel hombre era el más profundo que había conocido.
Y sintió la necesidad de conocerlo. Era un motivo más para recuperar su salud.
De pronto se dieron cuenta al mismo tiempo que el futuro les tenía deparado algo juntos. No sabían exactamente qué pero estaban seguros de querer averiguarlo.
El la buscaría sin prisa pero sin pausa.
Ella se dejaría encontrar.
El tiempo era de ellos.
En esta o en otra vida, el día llegaría.
                                                                          

                                                       F     I       N

domingo, 24 de abril de 2016

HIJO sin nombre.




-¡Enciende la luz, por favor, enciéndela que hace frío!
¿Madre? ¿Estas allí? ¿Por qué no me haces caso?
Tengo miedo, no puedo dejar de tiritar y está muy oscuro aquí.
Me siento solo, por favor, abrázame, siento que caigo.
Madre… ¿Es que ya no me amas?
Madre… ¿Qué has hecho? ¿Por qué no has permitido que te mirara a los ojos?
¿Por qué no quisiste conocerme?
Te amo, te elegí para que fueras mi madre y me ayudaras con mis primeros pasos y secaras mis lágrimas. El día de mañana hubiera hecho lo mismo por ti.
Para que riéramos, jugáramos, creciéramos juntos…
Ibamos a ser felices.  
¿Pero sabes Madre?…te perdono.
Y ya no te angusties, no llores.
Ve tranquila que aquí se hizo la luz y muchos niños y niñas comenzaron a rodearme. No estoy solo. Siento calor otra vez.
Gracias por esos días en tu vientre.
Solo una pregunta: ¿Como me hubiera llamado? 
Ya no importa madre. 
Adios...
Tu hijo sin nombre

 



jueves, 14 de abril de 2016

LA MASCARA



María contemplaba las cicatrices en su frágil cuerpo desnudo mientras lloraba las marcas que rajaban su alma.
El espejo roto y sucio le traía a la mente aquellos atroces momentos de llanto y horror.
Los recuerdos de las golpizas recibidas a manos de su esposo lograban hacerla temblar. Y no era por el frío gélido.  
Más recordar el día que dejó de hacerlo le sacó una sonrisa sombría, una tétrica mueca…

Aquel amanecer,  Arquímedes había llegado más ebrio que de costumbre y con una de las prostitutas del burdel del pueblo.
María, al verlo solo atinó a ocultarse por lo que se levantó de la cama nupcial y se escondió en el cuarto de baño.
El hombre con su puta del hombro entró al cuarto y en medio de un griterío inentendible hizo que aquella mujer se desnudara y lo aguardara en la cama mientras, zigzagueante, se dirigía al baño.
Al entrar, escuchó un leve sollozo detrás de la cortina de la bañera.  Se acercó, la corrió y vio a su mujer dentro de la tina.
Preso de ira y atiborrado de alcohol, el hombre tomó la silla y comenzó a golpearla con furia ciega hasta desmayarla.
Se despertó muy confundida y con dolores desgarradores. No sabía cuanto tiempo habia pasado.
Como pudo se levantó y comenzó a caminar.
Al pasar frente al espejo vio horrorizada las heridas cortantes en su cabeza, cuello y rostro que era ya una masa sanguinolenta.
Siguió su paso hacia el cuarto, extrañamente silencioso.
Allí encontró en su cama a aquella prostituta, desnuda y con una daga clavada en el pecho, el charco de sangre llegaba hasta la puerta.
Comenzó a gritar pero su debilidad era extrema y se desmayó otra vez.
Despertó en una cama de hospital.
Confundida y mareada quiso levantar su brazo derecho pero no pudo, en su muñeca tenía una esposa que se lo impedía.
Fue la enfermera la que se acercó y le dijo:
-¡Buen día María! Quédate tranquila por favor que ya estás fuera de peligro. Y quiero decirte que todos aquí te admiramos, lo que has hecho es de una valentía sin igual.-
Confundida, la mujer le preguntó:
-No recuerdo nada, por favor dime que hice.-
-¿En serio no lo recuerdas? ¿No recuerdas haber matado a esa maldita puta que estaba en tu cama? Eres valiente. – exclamó.
María la miró a los ojos y sintió que no le mentía.
Se quedó en silencio por algunos minutos hasta que le preguntó:
-¿Y mi esposo? ¿Dónde está él?-
-Ese infame…pues te diré; desapareció del pueblo, nadie más lo ha visto desde esa noche, te ha tomado miedo seguramente…- terminó diciendo la enfermera.
-Todos esperamos que el juez sea benevolente contigo, el pueblo te apoya.-
-Pero yo no maté a nadie, ¿Edith te llamas?-
-Sí, ese es mi nombre y aquí todos te apoyamos, pues, también ¿Cómo tuvo el coraje de acostarse en la cama de una mujer respetable como tú? Habrase visto.- terminó diciendo algo ofuscada.
-Pe…pero fue mi esposo el que la llevó y...yo no la maté.- dijo con voz quebrada.
-Bueno, bueno, ahora debes descansar, ya te di un relajante para que duermas.- dijo mientras le acomodaba la manta, le sonreía y salía de aquel  cuarto.
María habría entrado en pánico si no hubiera sido por la inyección que le administraron.
Al día siguiente se despertó con voces extrañas muy cercanas.
Perdida como estaba la sentaron, la higienizaron, la vistieron y la ayudaron a ponerse de pie.
Al llegar a la puerta, un agente lo colocó las esposas mientras los flashes de las cámaras estallaban en sus ojos, perturbando seriamente su visión.
Se sintió aliviada cuando subió al carro policial...

Se despertó en la cama de una fría y oscura celda.
Lloró durante tres días.
Al cuarto día se le acercó una reclusa de gesto severo, adusto que le comenzó a hablar.
-Niña, sé que quieres morirte pero eres joven.
En siete años saldrás pero si te portas bien en cinco estarás otra vez en la calle. A ver cuéntame la historia.-
La joven le contó lo ocurrido mientras bebía agua y comía su primer trozo de pan en días.
-¿Mi consejo? Debes vengarte de ese hijo de puta. Ha matado a esa pobre prostituta y ha arruinado tu vida. Haz bien las cosas aquí y prepárate para el día que lo tengas frente a ti.-
La joven pensó en lo que dijo y se dio cuenta que tenía razón, la venganza es lo único que la mantendría con vida.
Pasaron cuatro años y salió libre pues no había habido comportamiento más ejemplar que el de ella en aquella prisión.
Era otra mujer, una María muy distinta a la que entró al presidio.
Ahora era alguien seguro, decidida, valiente y con un solo objetivo entre ceja y ceja.
Tomó el primer tren con destino Venecia pues sabía que estaba allí.
Casado otra vez y con los mismos problemas de alcohol y violencia.
Su actual esposa, Sofía, se había contactado con ella para conocer la verdad sobre lo ocurrido. Al saberlo, conmovida terminaron ideando el plan para vengarse.
Al llegar se hospedó en un modesto hotel y aguardó hasta la noche. Asistiría a una fiesta de disfraces invitada por Sofía.
A las diez en punto salió a la calle con su esplendido traje y su clásica mascara.
Llegó, subió los diez escalones y entró al gran salón en medio de una gran multitud.
Buscó con la vista a Sofía y caminó hacia ella.  Le señaló donde estaba Arquímedes.
Poniendo en juego toda su capacidad de seducción comenzó a acercarse a él. Al llegar le dijo al oído con sensual voz.
-¿Buenas noches, te gusta?-
Le había tomado con fuerza el pene con la mano izquierda.
El hombre se excitó sobremanera y sin decir palabra buscó los senos que se ofrecían de forma generosa pues el escote era por demás amplio. Su aliento olía a alcohol.
Se acariciaron frente a todos, algo que no le importó a nadie.
-Vamos a un cuarto en el piso de arriba.- dijo él.
Ella lo siguió.
Al entrar, Arquímedes le pidió se sacara la máscara.
Ella no le hizo caso y comenzó a desvestirse hasta quedar desnuda con la cara sin revelar.
-Ahora desvístete tu y acuéstate en la cama que tengo una sorpresa.- dijo con voz envolvente, casi religiosa.
El hombre corrió a hacerlo mientras ella lo miraba con repulsión y odio.
Una vez listo, le pidió se dejara atar por las muñecas al respaldo de la cama.  Accedió.
Amarrado y desnudo estaba a merced de María.
-¿Estas listo? Preguntó ella.
Esta vez la voz le pareció conocida.
Se descubrió.
Al verla, intentó por todos los medios liberarse de sus ataduras. Más no pudo.
Ella, muy tranquila, sacó una daga de entre sus ropas, se la enseñó y la pasó por su pelvis.  El hombre dejó de moverse.
 -¿Solo dime porque?- preguntó María.
-Yo te amaba mujer, eras la única…- no terminó la frase ya que la mujer le clavó el cuchillo en el vientre.
Comenzó a sangrar profusamente y a maldecir a los cuatro vientos. Mas nadie podía escucharlo pues el sonido de la música era estridente.
-¿Por qué me pegabas?-  
-Ramera, puta, mal nacida, me heriste…me cortaste….- gritaba pero no terminó de hablar ya que  ahora le clavó la daga en su pie derecho.
En medio de gritos de dolor e insultos, ella volvió a preguntar:
-¿Por qué permitiste fuera presa por algo que tú hiciste?-
-Estaba borracho, no sabía lo que hacía…perdón…yegua inmunda, perra.- gritó entre sollozos.
Esta vez, la daga se metió en su sien.  Todo había terminado.
María se quedó mirándolo.  No sabía si ponerse feliz, triste, horrorizarse o arrepentirse.
No sentía nada en su corazón, estaba vacía. Ese engendro de ser humano le había arrebatado la  vida. Ya nada le importaba. Se acostó al lado del cadáver y aguardó a ser encontrada…
La sentencia fue reclusión perpetua.
Terminaría sus días sola en aquella celda con su espejo roto. 
No habló más. 

                                                                  F    I     N  


 






domingo, 3 de abril de 2016

LA FRONTERA



Milagros está dormida; sueña con un solitario bosque.
Está caminando y en un momento, de la nada surgen hombres y mujeres que sabe que conoce pero no recuerda sus nombres.
Más cuando quiere hablarles, éstas se desvanecen delante de sus ojos.  Observa sin inmutarse.
Continúa su camino por un sendero iluminado por algo mas que el sol.
Recorre un trecho y cansada, se sienta a la vera de un arroyo de aguas cristalinas.
Con la vista perdida en el lecho del mismo se relaja hasta cerrar los ojos.
Más al  abrirlos encuentra un pequeño cofre, viejo, antiguo sobre su regazo. No sabe cómo llegó allí.
Al abrirlo encuentra viejas fotografías por lo que las toma y comienza a ordenarlas.
Sabe que debe hacer con ellas aunque aún desconoce el motivo.
Toma la primera foto: en ella, una joven mujer con un vestido verde está sentada en el banco del viejo parque sosteniendo a una bella niña enfundada en un inmaculado vestido blanco.
-¡Mamá!- grita a viva voz.
Y deja la fotografía boca abajo sobre el cofre.
Toma la segunda y en esta la niña ahora es adolescente y el instante es un beso robado a su primer novio.
-¡Juan!-  dijo con la voz quebrada por la emoción.
En la tercera, la adolescente, mujer ya, en el día de su casamiento con Rodolfo, el amor de su vida.
Se reconoce, lo reconoce, también a la rústica capilla pero le resulta confuso el recuerdo.
En la cuarta se retrata el dolor que debió padecer para dar a luz a su primer y único hijo, Facundo.
La deja encima de las otras.
En la quinta, la mujer está vestida de negro, frente a dos tumbas en el cementerio; está despidiéndose de sus padres, muertos en un accidente.
En la sexta no hay nada, una blancura ceremonial, pura, inmaculada. Se queda embelesada observando la perfección del blanco.
Ensimismada en sus pensamientos, se sobresalta cuando escucha la voz de Rodolfo.
Lo busca mirando en todas direcciones pero no lo encuentra.
Otra vez escucha:
-Milagros, levanta la vista, observa el sendero y avanza por favor.-
Le hace caso y se concentra en un punto brillante al final del camino que casi la ciega.
Con sumo esfuerzo logra ver como comienza a delinearse la silueta de su amado esposo caminando hacia ella.
Ahora llora, entiende, todo se torna claro, está segura. Contempla por última vez la luna, eterna prisionera del Cielo enamorado.
-Te extrañaré, has iluminado todas las noches de mi vida...tu magia es infinita.- dijo y comenzó a llorar.
Rodolfo se acercó y la abrazó con todo el amor de que era capaz. Y le dijo:
-No llores mi amor, es un momento feliz, ya he estado aquí, esta no es la frontera, no es el fin, es solo una puerta que debemos atravesar.
¿Vamos Milagros?- le preguntó.
Ella asintió con una sonrisa.
El abrazo los unió siendo otra vez solo uno, la calidez del beso la estremeció y el calor de la mano de su esposo sobre la suya la emocionó.
Caminar hacia la eternidad la enamoró para siempre.
    

                                                              F      I      N





sábado, 2 de abril de 2016

SUEÑO

Mientras manejaba recordaba la foto de su perfil: una sonrisa espléndida, franca, cristalina, un largo cabello negro cayendo sobre sus hombros, ojos color azul profundo como el océano.
Ana era su nombre y había alimentado mis más profundos deseos en los últimos meses.
Al llegar dejé las llaves en manos del valet para que lo estacionara.
Ingresé al salón de fiestas con la sola idea de encontrarla; avancé entre la multitud que se había congregado en aquel evento.
Saludé a algunos colegas, también a otros que me saludaron sin yo saber quiénes eran.
Aunque poco me importaba.
Continué mi camino y de pronto la vi, conversando en un rincón con alguien más.
Avancé hacia ella; mi corazón latía con la furia de mil caballos, mis músculos se pusieron tensos…estaba nervioso.
En un momento ella desvió su vista hacia mí. Me pareció que también ansiaba el encuentro. No dejamos de mirarnos. Comenzó a caminar enfundada en un brevísimo y ajustado vestido negro, su andar era cadencioso, magnifico, sus piernas desnudas parecían talladas por el mejor de los artesanos, su sonrisa era radiante y sus ojos azules brillaban bajo las luces del salón.
Un cálido abrazo nos unió y un beso muy cerca de los labios encendió la pasión. Fue inmediato.
-Al fin nos conocemos.- me dijo con una voz envolvente que me erizó la piel.
-Cuando estemos los dos solos, allí Ana y solo allí, nos conoceremos realmente.- respondí  con un tono ameno pero muy seguro de lo que quería.
Sonrió. Me miró a los ojos y se quedó en silencio.
-¡No pierdes el tiempo! Bien, te imaginé así.-
La sonrisa fue mía ahora.   
-Vamos Ana, a tu departamento o al mío.- le dije con un tono casi religioso.
Fue entonces que fue hasta el guardarropa, allí pidió su cartera y regresó con algo.
Me tomó la mano y dejó depositada allí dos llaves.
-Aquí al lado, sexto “A”. Aguárdame allí.-
Mientras me iba, saludé otra vez a mucha gente que no conocía.
Ya en la calle fría y casi silenciosa caminé unos pocos pasos hasta el edificio.
Tomé el ascensor y llegué al departamento.
Entré y encendí las luces. La fantasía que me provocó ese momento, era salvaje.
Busqué y encontré en el refrigerador, una botella de champagne.
La tomé y con dos copas fui al cuarto de Ana, dejé todo en una pequeña mesa y me senté en la cama a esperarla.
A los pocos minutos escuché como la puerta del departamento se abría. El taconeo de Ana sobre el parqué se escuchaba por demás sensual.
De pronto cesó y la voz de Sade y el sonido de un hipnótico saxo inundó todo el lugar.  
Se quedó parada en la puerta del cuarto. No hablamos. Solo nos miramos. Quería abalanzarme sobre ella como un niño torpe pero mi experiencia primó sobre mis impulsos salvajes. Me levanté de la cama y comencé a avanzar hacia ella quedando ambos a un metro de distancia. Las vibraciones cruzaban el aire, la tensión sexual era infinita, celestial,
Sin quitarme la vista, hizo un leve y grácil movimiento que provocó la caída al piso de su breve vestido.
Su total desnudez me provocó sensaciones y sentimientos distintos a los conocidos.  
Extendí mi brazo y con suma delicadeza rocé su pezón rosado con mis dedos.
Su gemida protesta sonó musical en mí.
Comenzó a desnudarme, sin prisa, lento, rítmico, suave.
Ya estábamos desnudos ambos…era hora de conocernos.
Pegamos nuestros cuerpos y nos fundimos en un abrazo sobrenatural, como queriendo ser otra vez solo uno.
Nuestras bocas se buscaron con enorme pasión, nuestras lenguas se reconocieron y recorrieron cada milímetro de su interior.
Sus senos estallaban en mi pecho como fundiéndose.
Las manos buscaban la piel del otro para regalarse todo el placer. No podíamos detenernos. Nos caímos juntos a la cama.
Una vez allí Ana quedó tendida, sedienta de placer. Sus piernas abiertas eran la ofrenda que tanto ansiaba. Su súplica me colmaba de emoción.
Me acosté a su lado y comencé a recorrer cada poro de su cuerpo con mi boca. Al llegar a sus senos, levemente caídos, reales, maravillosos, no pude evitar detenerme. Mi lengua sintió el gusto a miel de sus pezones turgentes.
Seguí bajando y llegué a su vientre, tan capaz de albergar vida, como de brindar dulzura, y amor a quien lo besara.
Al llegar a su vulva, brillante y ansiosa de placer, la rocé con mis labios y al escuchar sus gemidos me di cuenta que era el momento.
Me acomodé encima de ella y busqué su interior.
El delicioso calor de su vulva, su exquisita humedad me llevó a gozar un éxtasis supremo.
Los gemidos reclamantes de Ana obligaron a profundizar la pasión desatada. Comenzamos ambos a sentirnos cercanos el estallido de estrellas, al momento donde el universo se detiene, ese único momento que es cuando los amantes se convierten en uno solo pues lo que le falta a ella es él y lo que le falta a él es ella...
El radio reloj marcaba las siete de la mañana. El locutor que recomendaba abrigarse ya que la temperatura era en cinco grados.
Me levanté veloz de la cama y me di una ducha.
Bajé a tomar el desayuno con mi esposa, fiel compañera de muchos años, demasiados quizás. Ya en mi auto rumbo a la oficina recordé el sueño.
La sonrisa se había instalado en mi rostro.
          
                                                             F    I    

martes, 9 de febrero de 2016

AZUL






El niño se despertó sobresaltado en medio de la noche.  La tormenta que se desató hacía 
zozobrar el viejo  faro, su aliento entraba por debajo de las puertas.
Los cuidadores corrían hacia todos lados intentando cerrarle el paso al agua que entraba por las puertas y algunas grietas en el techo.
Las viejas persianas de madera se batían sin tregua por la furia del viento.
Mientras, el pequeño desde su cuarto solo escuchaba el llanto de una niña.
Venía de afuera y sentía que era su obligación darle ayuda.
Salió sin ser visto y comenzó a caminar por el bosque bajo una amarga lluvia azul y  vientos  que por momentos lo elevaban por los aires. Los árboles se retorcían dibujando tétricas siluetas en la negrura de la noche.
Más siguió caminando, desafiando las inclemencias del tiempo con el solo objetivo de salvar a la dueña de aquel llanto.
Apuró el paso hacia la costa ayudado por la luz de su farol entre relámpagos rojos furiosos.
Recorrió cierto trecho y de pronto los gritos se escucharon más fuerte. Estaba cerca.
Llegó a una pequeña bahía.
Y allí estaba, en el agua con su aleta atrapada entre dos rocas, llorando.
Por un instante dudó pues no esperaba encontrarse con una pequeña sirena, más pensó que en definitiva no dejaba de ser una niña en problemas.
Corrió hacia ella, le extendió su mano y asiéndola con fuerza logró liberarla.
La niña se sintió tan feliz que se acercó al niño y lo besó en los labios para perderse luego alegremente en el mar bravío…
-Dime tu nombre por favor.- gritó el niño mientras la veía alejarse.
Ella lo escuchó, regresó, lo miró a los ojos y le respondió:
-Azul, mi nombre es Azul.-


-Han pasado cuarenta años de aquel beso. La historia no me la creyó nadie pero juro por mi vida que ocurrió…me besó una sirena.

                                                        

                                                          F    I    N