miércoles, 13 de marzo de 2019

LA BIBLIOTECARIA




Cecilia abrió los ojos de forma abrupta. Se dio cuenta inmediatamente que se había quedado dormida. Atrapó su reloj despertador con desesperación y con ojos desorbitados vio que debió despertarse media hora antes.
Saltó de la cama y corrió a la toilette donde apenas se lavó, se vistió con lo primero que encontró para luego salir a los tropezones y golpes del departamento.
No quiso esperar al ascensor y bajó los escalones de a dos por la oscura escalera.
Al llegar a la puerta del edificio se encontró con el portero quien la saludó con cordialidad, algo a lo que ella solo atinó a sonreír por una fracción de segundo.
Salió a la calle enajenada y corrió hasta la estación de subterráneos. Cuando vio que las rejas estaban aún bajas y una multitud protestaba contra el sorpresivo paro, tuvo ganas de llorar. 
Más no tenía tiempo para ello. Buscó un taxi sin tener éxito pues todos estaban ocupados. Era la hora en que la ciudad toda se ponía en marcha.
Corrió hasta la parada de autobuses y tomó uno. Debió colgarse de la puerta pues estaba atestado de pasajeros.
Ya dentro del mismo debió soportar las viles manos de pervertidos en su culo. Quiso gritar, pero no lo hizo. Comenzó a pisotear con sus tacones a quien la rozara.
Al llegar a su destino se bajó, revisó sus pertenencias y se dio cuenta que le habían robado el teléfono celular.
Llegó totalmente desencajada y abatida una hora y cuarto más tarde al Museo.
Pidió disculpas a su supervisora y fue hasta su escritorio.
Antes de desplomarse en el mismo se sirvió un café negro y lentamente fue vaciando el contenido de trece enormes cajas con libros provenientes de Escocia. Las habían enviado desde la Abadía de Iona.
La joven hojeó una a una las obras y comenzó a clasificarlas por estado y valor histórico.
Esta tarea le demandó todo el día. Ya de noche y agotada al extremo, decidió irse a su casa a pesar que le había quedado uno sin ver.
-No, basta, lo veré mañana-. dijo en voz alta.
Pero sintió una extraña atracción que la hizo tomar asiento otra vez, abrir el libro y comenzar a leerlo.
Las lágrimas comenzaron a surcar sus mejillas y no entendía muy bien porque sus sentimientos se desbordaban. Se sentía reflejada en la historia. Algo extraño ocurría. Decidió llevarlo a su casa.
Ya de noche salió a la calle.
Caminó hasta la panadería donde compró dos baguettes. Al llegar a la estación de subterráneos se encontró con que la huelga había sido levantada. Viajó plácidamente mirando por la ventanilla sin ver nada y pensando mucho.
Llegó y resopló aliviada. Al cerrar la puerta los zapatos volaron, su ropa cayó al piso y desnuda como estaba se sirvió un Baileys con hielo.
Fue al baño para llenar de agua la bañera; luego encendió sahumerios y a su equipo de sonido del cual brotaron las canciones de Evanescence, su banda favorita.
Cuando estuvo todo listo se sumergió en la tina y allí se quedó.
Luego de un rato de sensaciones placenteras, tomó el libro y continuó con la lectura.
Leía y la emoción la embargaba, sentía esa historia como propia. Abandonó el baño, fue hasta la cocina donde se preparó un café, comió algo de pan y continuó leyendo.
Al terminar fue hasta su cuarto. Estaba cansada por lo que dejó el libro en la mesa de noche, se tapó hasta la cabeza y apagó la luz.
Apenas cerró los ojos se durmió y el sueño no se hizo esperar; todo se sucedía a un ritmo vertiginoso; estaba en el campo, en una cabaña, aseando un establo...a lo lejos veía llegar a un Caballero con provisiones. El día, la noche, el cielo, el campo, los animales, las flores. De pronto estaba haciendo el amor con ese hombre, dulce, apasionado como nunca lo había hecho. El tiempo parecía más lento y los orgasmos eternos. El placer era infinito.
Despertó con los rayos anaranjados del sol que se colaban por las fisuras de las cortinas que colgaban de la ventana del cuarto y una sonrisa en su bello rostro.
-Fue un sueño entonces…el mejor que recuerde, por cierto. - dijo para sí con una mueca traviesa que iluminó su angelical cara.
Antes de levantarse besó el libro.
Luego lo guardó en su cartera para regresarlo a la Biblioteca y fue a darse una ducha antes de desayunar, vestirse e ir a su trabajo como todos los días. Era temprano.
                                               
                                             F   I   N


Richard
13-03-19

martes, 12 de marzo de 2019

Luciérnagas en la noche.


¿Qué le pasa al cielo esta noche?
Deja caer lágrimas en lugar de agua de lluvia.
Deja caer a las estrellas y estallar en los campos negros.
Deja caer luces de colores que llegan de infinitos mundos.

La luna no sonríe, inmóvil se halla.
Sus colores están muertos.
Está herida y su corazón clama piedad.
Más nadie la escucha.

Hay nubes negras que descargan rayos.
Hay nubes blancas que curan.
Hay nubes en los corazones
Hay nubes…

Las personas, por la calle miran hacia el cielo indiferente.
No les importa lo que cae.
No les importa la sangre que brota de su alma.
No le importa nada.

Solo caminan apuradas para llegar a ningún lado.
Sin mirar a la niña con su hermano y su madre tirados en la vereda,
sobre un colchón sucio y harapos por mantas.
Y tienen hambre y frío; y se dormirán con hambre y frío.

Solo caminan pensando en cómo los gobiernos estafan a su gente.
Y piensan en como estafar a su prójimo.
O en venganzas por nimiedades.
Que a veces llegan a la muerte.

La luna llora porque nos conoce.
Y sabe que no somos así.
Pero nos hemos convertido en la peor pesadilla,
En zombies, vampiros, lobos, asesinos.

Quizás podamos regresarle la sonrisa a la luna.
Quizás solo debamos recuperar la conciencia.
Recuperar el amor por el otro, por los libros y la música, el arte.
Y contemplar el mar en una apacible tarde.

Escuchar los sonidos de la tierra.
Regocijarnos con las luces de las luciérnagas en las noches de verano.
O tan solo mirar la luna brillando en el cielo.
Con la persona amada…

                                                F     I       N
Richard
12-03-19


domingo, 10 de marzo de 2019

SOMNIUM


                                 
Asomaban los primeros destellos del sol cuando el viejo cacharrero, vendedor de chatarras e ilusiones, ollas y sartenes, ungüentos y canastos, hacía su entrada al pueblo. Las explosiones del motor despertaron a todos y las viejas, al escucharlo, salieron corriendo a su encuentro con sus bolsas y el monedero de hule.
Ante tremendo alboroto, inusual para la tranquila vecindad, me levanté a mirar por la ventana. Intrigado, decidí vestirme y acercarme.
Llegué y me quedé inmóvil a pasos del camión. Cuando el anciano me vio, sonrió y dijo:
-Vení muchacho, acercate que tengo algo especial para vos, viene de lejanas tierras. -
Se metió adentro del vehículo y salió con un libro en sus manos.
Quedé boquiabierto al ver la tapa de cuero reluciente con la imagen de la  muchacha más bella que había visto en mi vida.
Lo tomé entre mis manos y leí el título; “Magdalena, un amor de otro mundo” escrito con pluma y perfecta letra gótica.
-¿Cuánto?- le pregunté sin dilaciones.
- ¿Cuánto tenés?- me respondió con una amplia sonrisa.
Saqué lo que tenía en mis bolsillos y se lo puse en la mano. No era mucho, solo unas pocas monedas producto de mi trabajo aseando establos y gallineros.
-Es tuyo, disfrutalo, es un libro muy antiguo y la leyenda cuenta que es mágico, era de un gran mago que aún vive, acaba de cumplir mil cien años. - afirmó.
Mientras un intenso escalofrío me corría por el cuerpo, el hombre me dio la espalda y se fue con las mujeres que estaban criticando y preguntando el precio de las ollas y vestidos floreados.
Lo abracé muy fuerte y salí corriendo hacia la pradera donde se encontraba el viejo ombú, mi refugio.
Al llegar acomodé mi osamenta y me dispuse a leerlo.
Más al abrirlo mi decepción fue mayúscula; las hojas estaban en blanco, inmaculadas, vacías. Lo recorrí todo y solo encontré una palabra escrita con letra pequeña en el margen inferior derecho: somnium.
-¿Qué querrá decir?- grité más nadie escuchó.
Bajé del árbol furioso y con la velocidad del rayo fui a buscar a aquel anciano estafador. Pero no llegué a tiempo, ya se había marchado.
Le pregunté a unas señoras si hacía mucho tiempo que se había ido el vendedor y recibí una respuesta por demás extraña: - ¿Qué decís? El viejo cacharrero llega recién mañana.-
Desconcertado y un poco asustado regresé a mi refugio para pensar. Me habían dicho que el vendedor no llegaba hasta el día siguiente pero el libro estaba en mis manos…yo estuve con él, hablé y hasta le pagué por un libro sin letras.
- ¿Acaso lo soñé? - grité
Lo miré una y otra vez, de un lado y del otro, en la luz y en la oscuridad. Nada.
Lo guardé en un rincón y fui caminando hasta el lago a pescar, pero ese no era mi día; no picó siquiera un sapo. Pasó la tarde y cuando el sol comenzaba a ocultarse, dejé la caña de pescar en el refugio y corrí hacia la casa. Al llegar escondí mi extraña adquisición entre los bártulos y bajé de prisa para la cena. Comimos los tres en silencio, como siempre y al terminar me levanté para encerrarme en el cuarto a escuchar música en mi diminuta radio portátil. Me dormí casi sin darme cuenta y un sueño me llevó a un campo atrapado en una espesa niebla. Cuando comenzó a disiparse, una bella silueta se dibujó; era un ángel, bella como ninguna, con sus largos cabellos negros meciéndose al compás del viento, mirando sin ver hacia el horizonte.
Quise acercarme y caminé hacia ella pues mi alma lo reclamaba y mi corazón galopaba de amor con la furia de mil caballos.
Pero caminaba, y en lugar de acercarme me alejaba.
Agotado, caí de rodillas al piso.
La miré y me miró; sus ojos eran dos ventanas que daban a un bello mar azul profundo y misterioso.
Me desperté enamorado, jamás había sentido algo así en mis trece años de vida.
Más no duró mucho mi embelesamiento pues al ver la hora debí correr para llegar en horario al colegio.
Apenas tomé un sorbo del tazón con café y leche que había preparado mi madre y dejado sobre la mesa.
Estaban cerrando las puertas de la escuela cuando llegué. La portera era mi amiga y me dejó pasar acariciándome la cabeza. -Niño, niño...siempre tarde.- me decía y sonreía.
Ese día el tedio fue abrumador, las casi cinco horas de matemáticas, lenguaje e historia se habían transformado en tortuosos siglos cumpliendo condenas infernales en hogueras ardiendo.
Escuchar los campanazos a las doce del mediodía fue casi emotivo.
Salí corriendo hacia la calle principal en busca del cacharrero.
Más al llegar no estaba, solo pude ver como su viejo autobús se alejaba por la avenida, dejando una estela de humo negro que se elevaba al cielo. El ruido a hierros y cacerolas golpeándose unas con otras era musicalmente armoniosa.
Me fui cabizbajo hacia mi casa donde el almuerzo me aguardaba.
Comimos en silencio, como siempre y al terminar me fui a caminar por el campo pues la tarde era espléndida. Esta vez me acompañó Tomás, un perro feo, maloliente y malhumorado como el que más, pero fiel y cariñoso como ninguno cuando estaba de buen humor.
Fue otra tarde feliz; los juegos con Tomás, la pesca de mojarritas y la contemplación serena del cielo azul recordando aquel bello rostro de mis sueños.
Emprendí el regreso a casa pues tenía tarea que hacer. Una vez terminada y aguardando al momento de la cena, fui a gozar de la límpida y cálida noche y el juego de luces que regalaban las luciérnagas.
Al terminar la silenciosa cena, me retiré de la mesa para dirigirme a mi cuarto.
Agotado y ansioso por soñar otra vez con ella, me dormí…

Otra vez estaba en el campo, pero sin niebla esta vez. Ahora, ella estaba a pasos de distancia, con su cabello al viento y una sonrisa hipnótica. Era bellísima.
Fui a su encuentro; mis piernas temblaban y mi cabeza casi estalla tratando de encontrar las palabras adecuadas.
-¡ Hoo…oo…ll…aaa! dije balbuceando.
-¡Hola Nicolás!- me respondió alegre y distendida.
- ¿Coo…como sabés mi nombre? - pregunté intrigado.
-Pues porque está en el libro.- me dijo.
-¿Qué libro?- volví a preguntar.
-En éste.-
Y de entre sus ropas sacó uno exactamente igual al mío con la diferencia que en la tapa decía: “Nicolás, un amor de otro mundo”.
-Ves, es éste, me lo regaló un viejo cacharrero que pasó por mi pueblo.- me dijo alegre.
-Yo también tengo uno igual al tuyo…vos sos Magdalena entonces. -
-Pues sí, soy ella.- dijo con una pícara sonrisa.
-A mí también un viejo me regaló un libro con tu nombre, pero adentro está en blanco, no hay nada escrito, solo una palabra: somnium, ¿sabés qué significa? - pregunté.
-Soñá Nicolás, significa; sueña. Es lo que debemos hacer pues en un sueño como es la vida solo debemos soñar para vivir.
Y esos sueños vos los convertirás en historias, épicas, románticas, misteriosas, de terror o aventuras. Debés escribirlas en ese libro.
Allí contarás tu vida, tus amores y desamores, tus alegrías y tristezas, tus fantasías y  realidades.
Sos el elegido para ser un faro encendido en la oscuridad. 
Escribí amor mío, escribí y no te detengas nunca más…

Me desperté distinto, me sentía feliz, había encontrado mi misión en la vida: ESCRIBIR.
Fue entonces que me levanté, fui hasta la mesa de tareas, me senté en mi pequeño banco de madera, tomé la pluma, abrí el libro que estaba en blanco y comencé a escribir sobre esas hojas blancas, inmaculadas. La sensación era suave, cálida. Los rayos de sol que entraban por la ventana querían quedarse entre las hojas quizás, para ser parte de una historia.
Mis tres primeras palabras escritas fueron: “Había una vez…”

Desde entonces no he dejado de escribir. Han pasado muchos años desde aquel día en que decidí ser escritor.
Mi primer cuento se llamó “Magdalena, un amor de otro mundo”.

                                                           F     I      N    

Richard
Año 2015, editado 10 de marzo 2019

                                      
   

viernes, 8 de marzo de 2019

Amado Nervo


UN DISPARO A LA MEDIANOCHE


El disparo estalló a medianoche cuando muchos dormían, otros se entregaban a los placeres carnales y los demás a sus batallas con los demonios del pasado, presente y futuro.
Gladys, la anciana más longeva que nunca dormía, se asomó a la ventana y miró hacia la casa de los Barrientos que parecía detenida en el tiempo. Construida en los años sesenta, las huellas del tiempo eran inexorables; paredes descascaradas y con grietas, tejas que faltaban, una puerta de madera seca y descolorida. Sabía que el estallido provenía de allí.
La vieja se quedó observando por un rato pues quería saber quién había muerto. Más de una vez escuchó gritos y amenazas entre ambos, Elsa y Lucho Barrientos.
Eran cuarentones y llevaban más de veinte años de casados. Con una hija muerta cuando tenía quince años por una patota que la violó hasta matarla y un hijo de veinte que estaba preso por robo calificado.
Elsa trabajaba en una fábrica del puerto como filetera y él era chofer de camiones.
Por el trabajo, Lucho podía llegar a ausentarse durante semanas, especialmente cuando debía manejar su camión hasta el sur del país para luego esperar carga hacia Buenos Aires y así poder regresar.
Elsa estaba sus ocho horas fileteando todo lo que caía en sus manos, para luego bañarse y bañarse y así aliviar el hedor a pescado que le quedaba en cada poro del cuerpo. Y a veces no podía.
Ninguno pudo estudiar pues provenían de las provincias pobres del Interior, escapando de la indigencia y el hambre.
Con el tiempo pudieron acceder a esa pequeña casa en aquel modesto barrio y se habían podido comprar un auto pequeño y antiguo, un Fiat 600 que aún funcionaba.
Fue entonces que Gladys escuchó pasos que se acercaban a su puerta.
Alguien tocó el timbre. La anciana, algo asustada se acercó a la ventana y miró a su visitante, que no era otra que Emilse, su comadre, que había salido a la calle con ropa de cama y pantuflas.
Se apuró a abrirle y pedirle que pase pues el frío era intenso.
Se dieron un beso y se sentaron en el viejo sillón de cuerina. Fue la comadre que habló.
- ¿Qué pasó Glady en la casa de los Barriento? -
-Pareció un tiro ¿No? - respondió la anciana.
-Para mí que la encontró con otro y la cagó matando. Ella es rapidita y él es bastante loco, cuando se emborracha es malo. -
- ¿Te parece? -
-Siii, a mí me lo dijo la Gertrudi…- en ese instante sonó nuevamente el timbre de la casa y era la recién nombrada.
Apenas entró comenzó a los gritos.
-La mató, le pegó un tiro porque la encontró con el carnicero, yo lo vi, se los juro. -
- ¿Qué viste? Preguntó Gladys.
-Cuando entraba el carnicero, José, por la puerta de atrás y al rato cuando llegó borracho el Lucho. -
Las tres comenzaron a persignarse y a mirarse entre ellas.
Fue Gertrudis la que llamó a la Policía para informar del asesinato.
Paloma Rodríguez, una agente joven y de poca experiencia la atendió.
Esta, sin chequear nada dio aviso a la única patrulla para que se acercaran a confirmar el homicidio.
Los dos viejos policías se dirigieron, no sin esfuerzo, hacia la casa de los Barrientos.
Pero antes visitaron la casa de Gladys, para que las tres les contaran lo que sabían.
Luego de un rato en que hablaron todas al mismo tiempo, Gertrudis contó cómo había visto a José entrar y luego la llegada de Lucho. Agregó que ella estaba esperando al carnicero desnuda.
Los policías, con muchas dudas cruzaron la calle y miraron por las ventanas. Estaba todo oscuro y no había indicios de que hubiera ocurrido algo fuera de lo normal.
El más gordo fue el que tocó el timbre.
Nadie salió y volvió a tocar.
Se encendió una luz desde adentro de la casa y fue la mujer semi desnuda que salió a atenderlos.
-Buenas noches señora, perdón por la hora, pero alguien del barrio dio aviso que escucharon un disparo y aparentemente fue desde aquí. - preguntó el policía más alto.
Ella sonrió y preguntó.
- ¿Entonces? -
-No sabemos, ¿está usted bien, su marido está? - preguntó el gordo.
-Lucho, te buscan. - gritó la mujer.
En pocos segundos estaba el hombre en slip azul, en la puerta de su casa frente a los policías.
¿Qué pasa? Preguntó.
-Nada señor, muchas gracias y disculpe la molestia, fue una falsa alarma.
Cerraron la puerta y se fueron a dormir mientras los policías, puteando a las tres viejas, se alejaron del lugar.
-Yo los vi. - gritaba Gertrudis a sus amigas que le dieron la espalda y le pedían que se vaya a dormir.
Era otro amanecer en el viejo pueblo.
Lentamente el ritmo cansino se apoderaba de todos los pueblerinos.
Solo la carnicería no abrió…
F I N
Richard
23-02-19

FANTASMAS


-Le pido por favor vuelva a chequearlo, es imposible que no exista nuestro hijo; se llama Pablo Hernández, tiene treinta años y su número de documento es el 30.124.598.- le dijo el hombre con tono grave, al policía que lo atendía.
-Señor, cálmese che. Hagamos algo, deme el documento de su hijo para…- pero Benjamín Hernández lo interrumpió otra vez.
- ¿Pero cuantas veces debo decirle que nuestro hijo desapareció y nada de él quedó?
Se llevó su ropa, libros, recuerdos, fotos, todo. No tenemos nada, nada en absoluto...como si no hubiera existido.
-Es un problema señor, le repito que en nuestros archivos no figura ningún Pablo Hernández con las características que proporciona y encima usted no presenta fotos, documentos, algo tangible…porque no tiene nada…ya me lo dijo...tome asiento y aguarde que debo consultarlo con mi jefe. - dijo con tono vacilante.
Benjamín se sentó con Liliana en un largo banco de madera antiguo, como todo en aquella Comisaría.
Mientras, el agente se dirigió a la oficina del Comisario Ruiz con la intención de plantearle el problema. Golpeó la puerta y aguardó hasta que escuchó el permiso para entrar.
Se saludaron con un apretón de manos, el agente tomó asiento y le contó el problema.
-Si, los vi cuando entré. A ver, a ver, dame los datos del muchacho. -
Galarza se los dio y este comenzó a buscar en su computadora.
-No, no aparece, che; lo busqué sin hache, con acento, con Ese final y nadie de treinta años se ajusta a lo que dicen estas personas. Y el número de documento que te dan pertenece a una mujer, Marcela Cardozo. Es raro.
Pero sigamos, busquemos a los padres, ¿Tenés sus números de documentos? -
-Escriba mi comisario inteligente. – le dijo con sorna y le brindó el número.
-No te hagas el puto y veamos: Benjamín Hernández, documento 10.987.159.-
Ante el resultado, el rostro del comisario se desfiguró. Casi balbuceando le pidió a su colaborador el nombre y el número de documento de la esposa.
-Liliana Esther Calori, 11.634.713.- le respondió un tanto preocupado mientras se subía los pantalones que le quedaban grandes.
El comisario ingresó los datos en el sistema y su cara se volvió blanca, se paró abruptamente tirando la silla al piso y retrocedió pegando su espalda contra la pared.
El agente asustado sacó su arma y apuntó mirando hacia todas partes mientras su comisario le pedía tranquilidad.
- ¡Calmate pelotudo y guardá esa pistola carajo! –
Enfundó su revolver y se persignó siete veces. Durante minutos nadie habló.
-Tiene que haber una explicación lógica a todo esto, no puede ser. - aseveró.
- ¿Qué no puede ser mi comisario? - preguntó Galarza hecho un manojo de nervios.
-Esto, escuchame atentamente. - le dijo mientras se calzaba los lentes.
-Benjamín Hernández y Liliana Calori murieron el treinta de mayo de dos mil ocho en un accidente automovilístico al chocar de frente con un camión que circulaba sin luces por el Acceso Oeste, iban a visitar a la hermana de la mujer que vivía en Junín.
Mirá la foto del archivo y decime si son ellos. -
Al verla el escalofrío que le corrió a Galarza por la espalda lo paralizó. Como si hubiera visto fantasmas.
Cuando pudo reaccionar, salió raudo hacia la Mesa de Entradas llevándose todo por delante.
Al llegar, miró y el banco de madera estaba vacío. Le preguntó a un compañero si había visto a la pareja. No recibió respuesta alguna.
Algo atontado regresó a la oficina de su superior y antes que dijera nada, éste otro gritó:
-Si ya sé que me vas a decir, no están ni nadie los vio. Prepará el auto que salimos en este preciso momento hacia Junín, vamos a hablar con la hermana de Liliana, Vilma Palacios. Quiero entender. -
Galarza rápidamente tomó las llaves de la unidad y salieron ambos a toda velocidad.
No cruzaron palabra alguna hasta que llegaron a la ciudad de Luján.
- ¿Usted qué cree mi jefe? - preguntó el Cabo.
-No quiero decir nada ya que cualquier cosa que diga sonará idiota; tengo una idea, pero tengo que hablar con esa mujer, es imprescindible hacerlo. -
Y continuaron el viaje en silencio.
Habían recorrido doscientos veinte kilómetros, faltaban poco más de treinta para llegar y fue que se detuvieron en una estación de combustible. Aprovecharon para estirar las piernas, utilizar el baño y comprar vituallas y cigarrillos.
Retornaron a la ruta a gran velocidad para continuar viaje.
Llegaron a la entrada de la ciudad y avanzaron hacia la zona céntrica.
Iban a marcha lenta cuando de pronto un perro cruzó intempestivamente la ruta debiendo Galarza frenar de urgencia. Al arrancar otra vez, debió frenar otra vez en forma brusca pues una pareja de adultos cruzó de forma irresponsable. Pudo haberlos matado.
Al momento se dio cuenta.
–Son ellos, son ellos, los Hernández. - gritó aterrorizado.
El comisario sintió un pinchazo en el pecho cuando escuchó esto y le dijo:
-Acelerá Galarza debemos llegar a la casa de la hermana antes que ellos. -
- ¿Por qué mi Comisario? -
-No lo sé carajo, se me ocurrió, no preguntés pelotudeces. - respondió Ruiz.
El agente acató la orden y salió a toda velocidad. Al llegar al centro, se detuvieron en una esquina y le preguntaron a una anciana por la calle Superí al mil doscientos.
-Ahí, si… ¿Van a lo de Vilma no? Yo voy a ir más tarde al velatorio. ¡Pobre! Vivió para ese hijo que no era suyo, pero lo amó como si lo fuera, en realidad era hijo de su hermanastra Liliana, quien con quince años quedó embarazada y sus padres no le permitieron criarlo por lo que se lo dejaron a ella.
El creció con el desamor de su madre y su padre desconocido. Con todo eso, muy bueno no podía salir; nunca le importó nada de nadie, era una porquería de hombre, bebedor, jugador, pendenciero, mujeriego y ladrón. Por eso lo mataron en un tiroteo dos policías cuando intentaba escapar.
No quiero ni pensar lo que debe estar sufriendo esa mujer, amaba a ese muchacho a pesar de todo.
Pero bueno, ustedes van al velatorio ¿no? pues sigan derecho por esta calle ocho cuadras, luego doblen a la derecha y a unos treinta metros está la casa de Vilma, lo están velando a cajón abierto. Cuando la vean díganle que Etelvina, yo, le daré mi pésame después de la siesta y que no se preocupe que lloraré bastante. No se pueden perder, hasta luego, señores. - Ambos hombres se miraron desconcertados y sorprendidos por la verborragia de aquella anciana.
-Me estoy volviendo loco, jefe. - dijo.
-No te preocupes, yo también. – le respondió.
Siguieron las instrucciones de la vieja y llegaron en escasos minutos a la casa con frente blanco: la puerta estaba abierta, había una corona en una de las ventanas, algunas personas vestidas totalmente de negro que entraban y salían, otras llorando, alguno que otro riendo, varios comiendo con las dos manos y los demás en silencio con gesto adusto.
Nadie se alarmó al ver un auto de la Policía estacionando allí pues estaban acostumbrados.
Bajaron del mismo y traspusieron la puerta de entrada. Todos los miraron por un instante para luego seguir con lo que estaban haciendo.
Se acercaron y le preguntaron a una mujer de unos cuarenta años, muy linda y con unas tetas enormes si podían hablar cinco minutos con la señora Vilma, aclarándole que el tema no era policíaco, sino personal.
Esta asintió y los condujo lentamente hacia un cuarto que se encontraba vacío, solo ella y su dolor.
-Permiso Vilma, estos policías quieren hablar con vos. - dijo con voz triste.
-Gracias Marcela. -
Fue Galarza el que rápidamente recordó y asoció no sin antes darse vuelta para mirar cómo se veía la mujer de atrás.
-Buenas tardes señora y la acompaño en sentimiento, pero quiero preguntarle si la señora que nos trajo se llama Marcela Cardozo. -
-Gracias señor, pues si, así se llama. ¿La conoció? - respondió.
El cabo miró a su jefe que le guiñó el ojo en señal de aprobación.
Y fue Vilma la que comenzó diciendo:
-Señores, se imaginan que hoy no estoy en condiciones de hablar. -
-Lo sabemos señora, pero necesitamos entender pues algo nos ha ocurrido y no sabemos por qué. Pensamos que usted tiene la respuesta. - dijo Ruiz.
Y le contó lo sucedido; la señora escuchaba atentamente hasta que de pronto comenzó a reír a carcajadas ante la incrédula mirada de aquellos policías.
- ¿Puedo preguntarle qué es lo gracioso señora? - la increpó el comisario visiblemente molesto.
-Perdón, perdón, sé que no tienen la culpa y alguien debería arreglar estos desajustes que se producen. - respondió.
- ¿De qué está hablando señora? - preguntó Galarza.
-No recuerdan nada evidentemente. Pues bien, no soy quien se los debe explicar, pero lo haré de todos modos. - dijo mientras buscaba algo en una mesa; era un periódico.
Lo tomó y se lo alcanzó al Comisario.
-Señores, fueron dos los policías que atraparon a mi hijo cuando intentaba escapar del negocio al que había entrado para robar. Se armó una balacera y el muchacho cayó muerto, acribillado. -
Ambos se miraron sin entender de qué estaba hablando aquella mujer.
- ¿Qué dice? - dijo Galarza visiblemente alterado y aflojándose el nudo de la corbata.
-Déjenme continuar por favor. - rogó Vilma.
-En la balacera también murieron los dos policías victimas de sendos disparos que hizo el nene.
Lamentablemente, el muchacho había perdido el rumbo hacía tiempo, es más creo que nunca lo tuvo.
Señor, le pido abra el periódico que le di en la página de Policiales y lea por favor. -
El comisario hizo lo que le pidió la mujer y una vez que ubicó la noticia comenzó a leerla en voz alta:
- “En la noche de ayer, nuestra ciudad fue víctima de un hecho por demás violento. Un robo en la relojería de la calle Triunvirato al mil quinientos, terminó en tragedia al morir el malviviente y dos policías en medio de un feroz tiroteo. Las víctimas fueron el Subcomisario Luis Ruiz y el Cabo Primero Artemio Galarza mientras que el malhechor era nuestro viejo conocido y malhechor Pablo Hernández.”-
Se desplomaron sobre los sillones. No llegaban a entenderlo.
- ¿Qué, estamos muertos? - preguntó Galarza.
- ¿Qué duda cabe pelotudo? respondió con otra pregunta Ruiz.
El silencio fue atroz.
- ¿Puedo hacerle algunas preguntas Vilma? - Esta asintió con la cabeza.
- ¿Los padres del muchacho…? -
-Están viniendo hacia acá para acompañarlo, deben cumplir con el protocolo, son los padres biológicos. –
- ¿Y Pablo? - preguntó Ruiz.
La mujer solo lo miró.
-Ahh…y usted está…-
-Muerta, si, la noche que mataron a Pablo me suicidé, me ahorqué. ¿Ven estas marcas? - dijo mostrando su cuello.
-Hay algo que todavía no lo sé… ¿a quién están velando en estos momentos? - preguntó Ruiz.
-Ay sí, me olvidé de decirles que Marcela es mi hija, se suicidó después de mi muerte. -
-¿La tetona? Perdón, ¡que pena! ¿Y dónde estamos si se puede saber? – preguntó Galarza.
-En la Tierra tal como la conocíamos no, es otro lugar que no he podido recorrer aún, si quieren lo podemos hacer juntos. -
-Será un placer, ¿Nos acompañás Galarza? – preguntó el Comisario con tono resignado.
-Solo no me quedo. - dijo y se unió al pequeño grupo.
-Mirá que viene Marcela, la tetona también. - dijo una Vilma sonriente.
A Galarza se le iluminaron los ojos mientras se ajustaba el nudo de la corbata y se levantaba por enésima vez los pantalones.
- ¿Vilma? Ahora que recuerdo una anciana de nombre Etelvina vendrá a visitarte en la tarde. – le contó Ruiz.
-Vamos rápido entonces, esa vieja que tendría ciento veinticinco años, es una chusma de porquería y esta ciudad ya me tiene harta. - respondió.
-Nos vamos entonces. -
Fue entonces que se tomaron los cuatro del brazo y comenzaron a caminar por la calle principal del pueblo con dirección al norte donde un sol muy brillante los aguardaba. Se perdieron en la luz.
F I N
Richard
Año 2014, editado 8-3-19

miércoles, 6 de marzo de 2019

CAIN






La mansión de la colina se había vestido de gala aquella noche; la clase dominante de la ciudad se congregaba allí. Sus anfitriones, madame Claire y Monsieur Charles cursaron las invitaciones sin revelar el motivo de aquella reunión. Era un misterio.
Durante semanas, hombres y mujeres trabajaron día y noche en el evento. Solo la perfección cabía.  
Claire era descendiente de la realeza británica. A sus sesenta años, la belleza y vitalidad la habían abandonado, no así la soberbia y la crueldad.
Siempre fue un parásito, no tenía logros personales, no había hecho nunca nada por sí misma, ni lavarse la cara u otras partes pues tenía sirvientes para ello.
Mantenía relaciones sexuales con quien se le antojara. Luego los despedía. Con la servidumbre femenina llegaba hasta el castigo físico y ocasionalmente mantenía relaciones con alguna jovencita que llamaba su atención.
Su estado dominante era el aburrimiento.
Se casó con Charles como indicaba el protocolo. El, también descendiente de la realeza, tenía sesenta y tres años y además de su vitalidad, había perdido un ojo, estaba casi sordo y se ayudaba con un bastón para caminar, producto de un atentado contra su vida.
Era una persona cruel y desalmada. Dueño de ferrocarriles, fundó y clausuró ramales a su antojo. No le interesaban las consecuencias.
Habían engendrado dos hijos, Guillermina y Donato.
Al llegar ambos a la mayoría de edad, los jóvenes abandonaron la mansión y jamás regresaron. Odiaban a sus padres. El corazón frío y la forma de manejarse con sus semejantes les resultaba intolerable…

A las siete llegó el primer coche con la condesa Natacha y su esposo, el Conde William III.
A partir de allí el desfile fue incesante: personajes de la realeza, magnates, millonarios, músicos de fama, actores y actrices y algún miembro de la Iglesia, hacían su arribo entre luces brillantes, lujo y esplendor.
Un ejército de sirvientes atendía con esmero a cada invitado.
La orquesta interpretaba de forma magistral los clásicos; las Cuatro Estaciones, Danubio azul, El lago de los Cisnes, el Bolero de Ravel y otros.
A las diez de la noche, Claire y Charles bajaron lentamente por las escaleras y comenzaron a saludar a los invitados, uno por uno y les pidieron reunirse en el gran Salón.
Luego de agradecerles la asistencia anunciaron una sorpresa para la medianoche.
A continuación, bellas camareras repartieron habanos cubanos y coñac caliente entre los hombres, champagne francés y trufas de chocolate negro a las mujeres.
A las once y cincuenta minutos, el tañido de una campana estalló en el ambiente.
Inmediatamente las luces se apagaron y se encendieron las antorchas ubicadas estratégicamente para crear una atmosfera ancestral, arcaica. Una bruma violeta comenzó a brotar del piso. Las sombras que se proyectaban eran fantasmagóricas, irreales. Todos se sintieron en el umbral de una región encantada, donde un raro y antiguo suceso se manifestaría.
Se escuchó entonces la voz de Charles que decía:
-Damas y caballeros: de la lejana Antártida, han venido dos amigos para entregarnos un regalo muy especial. Recibámoslos como ellos se merecen. -
Se encendieron las luces y dos personas con túnicas violetas y capuchas comenzaron a bajar por las escaleras.
Los aplausos y los murmullos no se hicieron esperar.
Ya en el centro del Gran Salón, se quedaron inmóviles y con el rostro oculto.
-Estimados, estamos emocionados con Claire dada la trascendencia del momento pues esta noche recibiremos el regalo más preciado para el hombre: la Inmortalidad. -
Algunos sonrieron, unos pocos aplaudieron. Otros se miraron sin decir palabra.
Fue entonces que Charles les pidió a los encapuchados descubrirse ante la concurrencia.
Así lo hicieron; una mujer regordeta, rubia que rondaría los treinta años y un hombre mayor con un rostro aterrador se revelaron.
Tenían la mirada perdida, miraban sin ver.
-Tenemos el honor de presentar a Adolf y Eva. -
El murmullo fue intenso.
-Es una broma de muy mal gusto Charles. - dijeron varios.
- ¿Qué significa esto? - reclamaron otros.
-Calma por favor; si me lo permiten les explicaré; hace un tiempo, al ver que nuestra vida entraba en el ocaso, decidimos contactarnos con el S.S.S. o Sociedad Secreta de Sacerdotes de la cual mi padre es miembro e hicimos un trato con sus autoridades. - narró.
- ¿Pe…pero como dices que tu padre es miembro? Si él viviera tendría cien años. -  gritó uno de entre la concurrencia.
-Para vuestra información mi padre vive en un Monasterio oculto y se encuentra muy bien. En algunos años será el responsable del inicio de la tercera Guerra Mundial. - aclaró.
-No es posible. - gritaron al unísono.
-Si lo es y ocurrirá en cincuenta años, América del sur será el protagonista.
Continúo. Adolf y Eva pertenecen al S.S.S., son miembros fundadores y descendientes directos del Primer vampiro, el primer asesino de la historia: Caín.
El trato fue ofrendar vuestra vida a cambio de la Inmortalidad a manos del mismísimo Original, que está llegando de un momento a otro.

Con mí amada esposa queremos darles las gracias a todos, no olvidaremos vuestro sacrificio.
Sirvientes; afuera están aguardando cientos de invitados por demás especiales, permítanles el ingreso y cierren todas las puertas pues nadie debe escapar. - ordenó.
Luego, miró a su esposa para decirle:
-Subamos a nuestro cuarto Claire y aguardemos allí hasta que Él llegue. -
-Es una buena idea querido. - respondió.
Lentamente comenzaron a subir las escaleras, no tenían prisa alguna ya que pocos más minutos y vivirían para siempre.
Mientras, a sus espaldas, el pandemónium de gritos de horror y rugidos terroríficos, indicaban a las claras que el festín de los vampiros, con sus líderes a la cabeza, Adolf y Eva había comenzado.


                                                     F    I     N

Richard
Año 2014 y editado 6-3-19









lunes, 4 de marzo de 2019

MADRE



Renata había tenido una mala noche, las pesadillas y los ruidos extraños no la dejaron dormir. Por momentos los sonidos de pasos dentro del pequeño departamento eran aterradores.
Se levantó a las siete de la mañana como todos los días y se dio un buen baño con la intención de despertarse pues estaba por demás somnolienta y cansada.
Al terminar, se envolvió con el toallón y fue a la cocina para encender el fuego de la hornalla y así calentar el agua de la pava y prepararse un enorme tazón de café.
Mientras se calentaba, abrió la heladera, sacó su dulce de higos, dos rodajas de pan y los puso sobre la pequeña mesa, también dejó una banana que sacó de la frutera.
Más sentía que no era una mañana más, estaba inquieta, sentía que la observaban de algún lado.
No hizo caso, se sentó en la silla y comenzó a untar uno de los panes con el dulce. El aroma a café comenzaba a inundar el sitio.
Estaba sumida en sus pensamientos cuando de pronto, un fuerte estallido la asustó sobremanera e hizo que se cortara el dedo con el cuchillo que estaba utilizando.
Miró hacia todas partes buscando el origen del sonido, pero todo estaba en orden y soledad.
Maldiciendo su suerte, abrió la canilla del agua fría y lavó la sangre que brotaba de aquel corte.
Con hojas de papel envolvió su dedo índice y se sirvió el café recién hecho.
Se sentó otra vez para terminar su desayuno.
El silencio en el departamento era abrumador, solo se escuchaban los latidos de su corazón.
Comenzó a beber su infusión mirando hacia la nada. El reloj marcaba las siete con treinta y dos minutos.
De pronto un dolor agudo le atravesó el estómago y se desmayó.
Despertó muy confundida y adolorida. Como pudo vio que se encontraba en un hospital y era de noche, no había nadie con ella.
Intentó levantarse, pero no pudo hacerlo dado el dolor en su vientre y el suero que tenía conectado a su brazo izquierdo.
Buscó algún timbre para llamar a la enfermera. Al accionarlo un agudo chirrido invadió el cuarto.
Aguardó unos minutos hasta que apareció una figura descomunal, una enfermera que pesaría doscientos kilogramos aproximadamente.
Sin saludar siquiera, la preguntó el motivo del llamado.
-Por favor, me gustaría saber cómo llegue aquí y que me hicieron pues no recuerdo nada. - dijo Renata.
La mujer, desagradable por demás, la miró y con cierto desgano le dijo:
-Cuando venga la Doctora le informará. - Y se fue.
Más confundida que antes, no obstante, decidió dormir y aguardar el día.
Despertó a las pocas horas con una serena luz entrando por la ventana a través de las cortinas.
Sus dolores eran intensos por lo que llamó otra vez a la enfermera.
Esta vez, apareció por la puerta del cuarto una mujer tan delgada que no podía creer se mantuviera en pie.
-Muy buen día señorita Renata, espero haya dormido bien. Dígame en que puedo ayudarla. - le dijo.
Asombrada por la cordialidad le preguntó por la Doctora.
La enfermera le respondió:
-Señorita Renata, todo a su debido tiempo. - Dicho esto se dio media vuelta y se fue.
Los miedos recorrieron su espalda. No sabía dónde estaba, porque estaba allí, como había llegado y que le habían hecho. Y para colmo no tenía con quien hablar. No podía imaginar siquiera, donde se encontraba su celular.
Juntando coraje, volvió a accionar el timbre, pero nadie acudió.
Cansada y atemorizada intentó calmarse y dormir.
Al hacerlo cayó en un sueño profundo. En él, se encontraba en su casa, en su cama, haciendo el amor de forma salvaje con un desconocido.
Su éxtasis era imposible de describir. Tampoco de su partenaire que definitivamente no era su novio.
Podía sentir en el sueño cada orgasmo y su mundo vibró cuando aquel hombre inundó su vientre de estrellas. No podía recordar otra vez que sintiera tanto.
De pronto y sin interrupciones, estaba en un auto fúnebre que corría a toda velocidad por una ruta vacía y oscura. No podía moverse.
En un momento se detuvo y escuchó el ruido de puertas abriéndose y los pasos de personas con prisa que la subían a ella en una camilla.
-Ya comenzó el trabajo de parto. - escuchó decirle a alguien mientras la llevaban casi corriendo hacia algún lugar.
Pudo sentir como la preparaban para dar a luz y escuchar una voz de hombre que decía:
-Si no puede tenerlo de forma natural, córtenla. -
Esto la despertó de su aterrador sueño, recordando todo.
También cuando la llevaron a aquel cuarto sombrío de hospital, la acostaron y la dejaron sola.
Volvió a tocar el timbre de forma insistente. La descomunal enfermera se paró en la puerta y le dijo con ronca voz:
-Cálmese que en pocos minutos vendrá la doctora y le traerá a su hijo. -
Lejos de calmarse, se horrorizó con la noticia.
¿Hijo? ¿Cuándo, de quién? Si hasta hace pocos días era una mujer sin compromisos serios, una empleada de Tribunales, con Jorge, su novio de la adolescencia, viviendo sola en un departamento de un ambiente y medio.
¿Hijo? ¿Cómo pudo ocurrir?
Dejó las cavilaciones de lado cuando escuchó pasos.
Y allí estaba, una doctora muy bella y sofisticada, tanto que parecía estrella de Hollywood.
Con voz muy envolvente y una sonrisa esplendida se presentó.
-Hola Renata, soy Camila, la doctora que ayer trajo a tu hijo al mundo. Aquí lo tienes. -
Fue entonces que ella se corrió del lugar en que se encontraba pues detrás estaba el niño.
De pie, de unos siete años, cabello negro, vestido con camisa blanca, corbata negra, zapatos y pantalón también negros.
Madre e hijo se miraron largamente, casi una eternidad.
Hasta que Renata se dio cuenta que los ojos del niño estaban vacíos de humanidad.
Como pudo, se levantó de la cama y se tiró al asfalto por la ventana que estaba abierta.
                                                            
                                                           F    I    N

Richard
4 de marzo de 2019





martes, 17 de mayo de 2016

EXTRAÑOS EN LA NOCHE





Santiago salió a caminar pues se sentía abrumado, quería estar solo, o tal vez no.  Llovía.
Fue un pensamiento el que logró quitarle el sueño: el tiempo que transcurría inexorable y la felicidad que no asomaba a su vida.
Dueño de un corazón endurecido no se resignaba sin embargo a no sentir otra vez amor; este hombre de cincuenta y tantos años, soñaba con aquella mujer que despertaba a su lado, y conversaban, reían, lloraban, leían, hacían el amor, escuchaban música, miraban películas o una obra de teatro, viajaban por el mundo o tan solo caminaban por la playa, tomados de la mano, en silencio mientras sus almas definían sus destinos.
Y esa noche algo sucedería, estaba escrito en el cielo…

Mora salió a la calle, agobiada por la estrechez del departamento que habitaba en forma provisoria. Era una joven de treinta y tantos años, cuya meta era ser feliz y amada.
Su vida transcurría serena, con su familia en la gran casona del campo, sus perros y sus plantas. 
Pero una mala noticia aquella mañana, hizo trastabillar la armonía de aquel mundo.
Sintió que alguien se olvidó de ella.
Y cuando la soledad la estaba hundiendo en el más horroroso de los infiernos, fue su amor a la vida la que la empujó hacia afuera, mientras la lluvia comenzaba su danza.
Y sintió  el viento meciendo su larga cabellera negra, las gotas de agua recorriendo su cuerpo, los sonidos de los autos, las voces anónimas, los gritos y las sirenas, la música estridente saliendo de los locales nocturnos.
Y comenzó a bailar y correr y correr sin detenerse, riendo, llorando; y corrió y corrió con los brazos abiertos, como queriendo tomar todo. 
Más la loca carrera se interrumpió al chocarse con alguien que se cruzó en el camino.
Al abrir los ojos, se encontró con la mirada más dulce, la que soñó desde que era una niña sensible y solitaria, soledad que gestó su maravillosa vida interior y su imaginación prodigiosa.
Y él vio en esos ojos marrones al amor que tanto ansiaba, su mirada lo llevó  a los confines del Universo, donde se guardan todos los secretos. 
Las letras brotaban como manantial de su corazón pues quería regalarle allí mismo, los poemas más hermosos que un hombre podía escribirle a una mujer.
Y así se quedaron, sonriendo, mirándose sin hablar, reconociéndose.
-Hola, me llamo Santiago.- dijo él luego del largo silencio.
-Hola, soy Mora.- respondió ella mientras se soltaba de los brazos de aquel extraño que la sostenía.
-Quiero pedirte disculpas por interrumpir tu paso pero es que estabas a punto de cruzar la calle y me pareció que tus ojos estaban cerrados.- dijo el hombre con una sonrisa franca.
-Gracias.- dijo mientras intentaba acomodar su ropa completamente mojada.
-Estás empapada mujer, déjame invitarte con una taza de café.
A dos cuadras hay un bar muy cálido, conozco a la dueña, te permitirá secarte y te dará ropa seca.-
Ella lo miró otra vez pues no estaba segura de aceptar el convite de un extraño.
-Quédate tranquila, es solo café y charlar, no soy de hacer esto tampoco pero tus ojos, tu mirada me ha conmovido. Tienes algo especial y no me preguntes que es. Además siento que necesitas ayuda y si me lo permites, quiero hacerlo.
Acabamos de entrar en nuestras vidas, tú en la mía y yo en la tuya.- dijo.
La joven, impactada por aquellas palabras dijo:
-¿Es hacia allá, no? Se llama “Bahía”. Lo conozco.
Sonrieron y comenzaron a caminar juntos hacia el lugar.
Una vez allí, Cecilia, la dueña le permitió entrar al toilette de su oficina para secarse y le ofreció ropa.
Mora salió luego de un rato, seca y con vestido corto que le dejaban ver unas esplendidas piernas.
Se sentaron cerca de una de las chimeneas.
-¿Estás bien Mora? Pedí dos cafés, ¿irlandeses está bien?-
La muchacha respondió asombrada:
¿Cómo sabías que…?  Y se calló. Su corazón comenzó a latir aceleradamente.
La mirada de ella le inundaba el corazón de amor, la mirada de él la seducía de una forma casi mágica.
El mozo dejó los jarros sobre la mesa mientras la música, suave y tenue lograba el ambiente ideal para que todo fuera realidad esa noche.
Y conversaron por horas, rieron, se emocionaron, compartieron amaneceres y atardeceres, anécdotas y recuerdos, música y poesía, lugares.
Los primeros rayos del sol comenzaron a asomar y aquellos destellos dorados iluminaron sus felices rostros.
Y fue sin querer que rozaran sus manos, pues el Universo había decidido participar de aquella unión.
En ese instante el mundo se detuvo para ellos.
Sin hablar se pusieron de pie y el abrazo que se regalaron fundió sus cuerpos, se transformaron en Uno.
El beso estalló en sus angeladas almas, mientras los sonidos del Cielo estremecían sus cuerpos.
Y los mundos de Mora y Santiago se poblaron de cielos diáfanos, noches estrelladas, mares azules y blancas arenas, arenas que invitaban a sus cuerpos desnudos a bailar con el mágico sonido de la eternidad.
Aquellos dos extraños se enamoraron para siempre...


Ambos abrieron los ojos al mismo tiempo.
Santiago se sentó en la cama y sintió que ella había ocupado todos los espacios de su vida, los vacíos habían desaparecido, la dureza de su corazón había cedido, su alma sonreía otra vez.
Reconoció la felicidad que anhelaba en ella, esa chica, la del sueño.
Ella en el cuarto de aquella clínica, sintió que el amor profesado por aquel hombre era el más profundo que había conocido.
Y sintió la necesidad de conocerlo. Era un motivo más para recuperar su salud.
De pronto se dieron cuenta al mismo tiempo que el futuro les tenía deparado algo juntos. No sabían exactamente qué pero estaban seguros de querer averiguarlo.
El la buscaría sin prisa pero sin pausa.
Ella se dejaría encontrar.
El tiempo era de ellos.
En esta o en otra vida, el día llegaría.
                                                                          

                                                       F     I       N